Gina Saraceni
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Primeras anotaciones sobre Welserland de Víctor Manuel Pinto
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Cruzaremos Welserland con tus restos al hombro
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Sus pasos dejaron buitres & arena
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Es el país de la pena
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El hombre debe matar su cabeza: rapar sus ilusiones como un monje
Víctor Manuel Pinto
Empezar un libro, abrirlo y entrar en él, implica adentrarse en una tierra para conocer su superficie, sus formas y accidentes, para probar con manos y pies, sus elevaciones y suelos, sus aguas y zonas ciegas.
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La lectura como desplazamiento por un territorio y su consistencia material es la primera experiencia que uno tiene al entrar en Welserland, el reciente libro del escritor venezolano Víctor Manuel Pinto (1982): un complejo artefacto literario que desarma la versión oficial de la historia de Venezuela en su etapa colonial, para incursionar en los «documentos de barbarie» que conforman el relato de una familia de banqueros de Augsburgo, -los Welser- a los que el rey de España Carlos V les arrienda temporalmente la Provincia de Venezuela (1528-1545) para que la gobiernen en el siglo XVI. Los alemanes la llamarán Klein-Venedig (Pequeña Venecia), Welser-Kolonie (colonia Welser), Welserland (país Welser), propiedad territorial donde ejercer el cálculo de su codicia y el crimen de su violencia: «Oro o muerte decía el Capitán».
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Esta relectura que Pinto emprende del archivo colonial venezolano, del «mal de archivo» como «poder sobre el documento, sobre su posesión, su retención o su interpretación» (Jacques Derrida), y del archivo del mal como borramiento, destrucción, manipulación de acontecimientos en nombre de un poder que lo silencia y los reprime, no se circunscribe solo al capítulo alemán de nuestra historia.
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Welserland es una sofisticada máquina de conexiones, vínculos, intertextos que rastrea, en el propio pasado alemán y venezolano, ecos de otras violencias como las del tercer Reich, de los imperios alemán, británico y estadounidense en Suramérica durante los siglos XVIII, XIX, XX, de la esclavitud, el caudillaje, las numerosas revoluciones, Castro, Gómez, hasta la violencia política, social, cultural, económica de la Venezuela actual:
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Oro dominó la partida; Petróleo dominó la segunda; Plomo ganó la tercera; de Pólvora fue la cuarta.
Y así mueven la tierra, década tras década.
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Para recorrer la tierra de los Welser es necesario renunciar a la historiografía lineal y progresiva y enfrentar el riesgo del salto, del accidente, del anacronismo, del vacío; hay que caminar en zig-zag fuera de la calle maestra, extraviarse, desviarse, no saber dónde se está, incluso no entender dónde se está y dejar de saberlo. Esto implica una concepción provisional, incompleta, fragmentaria, contingente de la representación histórica susceptible de revisión y reescritura infinitas (Hayden White).
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Esto significa asumir la naturaleza poética de la historia como estructura hecha de palabras, como una ficción verbal que exige hacerse la misma pregunta que se hace la literatura: la pregunta por la forma que debe tener una experiencia determinada al ser descrita, explicada, contada por medio del lenguaje.
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Si bien la historia como disciplina que estudia el pasado está relacionada con una larga tradición que la relaciona con la verdad y la comprobación, atribuirle un parentesco con la literatura significa entender que los acontecimientos y hechos históricos, para ser relatados, exigen ser tramados y configurados por medio de recursos y técnicas literarias.
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La apuesta más poderosa de Welserland radica justamente en la f o r m a que Víctor Manuel Pinto le da a esta tierra, a este país que en su libro es sobre todo una lengua, un reino lingüístico y semántico donde el endecasílabo y el verso de 22 sílabas dialogan con la narración histórica, la crónica, el relato, construyendo un género transverbal, transgénero, translingüístico, transtemporal en el que la prosa y la poesía, el archivo y la imaginación, la historia y la reescritura, la tradición popular venezolana y la historia de la colonización europea, el humor y la ironía, el pasado y el presente, la imagen y el diseño editorial, Dios y la brujería, arman un objeto incesante y fragmentario que nos confronta con el daño del pasado, con sus llagas y zamuros, con las fosas donde el crimen entierra sus cadáveres, con el capitalismo como ejercicio de la sangre, como «constelación de aves muertas» que siguen volando en el cielo ciego del presente.
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El presente en este libro es una tierra espectral donde los fantasmas del pasado encuentran un lugar en el cual resonar y prolongar su duración. En este sentido, Pinto se aproxima a la historia para focalizar su dimensión cultural, política, espiritual, hurgar en sus perversiones y constatar, en esa «catástrofe» de ruinas, la desolada manifestación del presente.
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Un libro ambicioso, impredecible, inteligente, que desafía los límites del lenguaje y de la historia misma, expandiendo sus posibilidades de significación al mostrar la fuerza expresiva y conceptual de la poesía de Pinto, su capacidad de transfigurar los referentes para crear otro universo de sentido donde el filo de su humor no pierde la oportunidad para dar en el blanco del negro de esta tierra escrita –Welserland-, de este país donde «todos los puentes están destruidos / & abajo, entre el monte, los cruces conmemoran los saltos al vacío».
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Gina Saraceni /
Destacada Intelectual y académica venezolana. Posee estudios en Letras, Letras Modernas y Literatura Latinoamericana. Como docente e investigadora es especialista en teoría literaria, literatura de viajes, poesía venezolana contemporánea y estéticas de la memoria. Entre sus libros sobre estudios literarios se destacan: Escribir hacia atrás. Herencia, lengua, memoria (2008); La soberanía del defecto. Legado y pertenencia en la literatura latinoamericana contemporánea (2012). En-obra. Antología de la poesía venezolana contemporánea (1983-2008) y Rasgos comunes. Antología de la poesía venezolana del siglo XX, libro preparado junto a Antonio López Ortega y Miguel Gomes. Saraceni también es destacada poeta y traductora. Ha publicado Entre objetos respirando (1998); Salobre (1998), Deriva (2000), Casa de pisar duro (2012) y Adriático (2021).


