ESCRITURAS

La identidad liminal en «Diarios de flote», de Giordana García Sojo

Krístel Guirado

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El diario, como género, se debate entre dos fuerzas: la de ser espejo que refleja la intimidad de quien escribe, y la de ser cristal sin azogue que trasluce su mirada sobre la realidad. Por una parte, está determinado por una tensión fundamental: el deseo de revelar lo que la autora ve de sí misma, y los límites que impone a esa revelación –que no necesariamente coincide con lo que es o siente ser–.

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Por otra parte, el diario supone un pacto de transparencia con la realidad no mediada por la capa reflectante del mercurio. Este pacto es, por supuesto, una ilusión necesaria. Mirar a través de un cristal nos lleva, inevitablemente, a proyectar nuestro propio reflejo sobre el paisaje ajeno, junto con el bullicio de todo lo que queda a nuestras espaldas. Por eso, más allá de su naturaleza poiética y contextual, la construcción literaria de la conciencia que llamamos diario es siempre, en el fondo, una trampa. Y es, precisamente, ese juego en los márgenes, entre lo referencial y lo ficcional, lo que me seduce. Lo explícitamente aparencial se erige como el rasgo que lo determina, porque solo esta noción logra reunir, en una unidad entrañable, ficción y realidad.

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Los Diarios de flote de Giordana García Sojo encarnan a la perfección este doble valor. Son narraciones fragmentarias que exploran la subjetividad de su autora –y la nuestra–. Su lectura es una invitación a caer «sin arnés» y –en mi caso literal– sin mi casco de armadillo, en la esfera de una privacidad ajena que se vuelve propia.

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El libro se estructura en cuatro diarios: Apuntes para una película, Diario materno, Diario de la peste y Breves ensayos para una botella. Y aquí un dato crucial: lo cronológico no es su columna vertebral. Su esencia no es secuencial, sino irruptiva. Y tomo este término en su sentido más médico y brutal: el dolor irruptivo, aquel de corta duración, pero de intensidad feroz, que estalla de forma súbita en pacientes crónicos. Así son estos textos. Por ello, su ordenamiento en cuatro libros no reproduce –ni puede reproducir– una emergencia lineal, sino que obedece a una voluntad de ordenar temáticamente el cosmos de un pensamiento que estalla en fragmentos, aunque ello me obligue a pensar en una interioridad dispersa y parcial como el libro mismo.

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Y así, volvemos al título. Diarios de flote carece de pretensiones alegóricas. No es una metáfora de la supervivencia emocional, sino la condición literal desde la que se escribe. Su potencia radica en esa literalidad: la escritura como el acto de mantenerse a flote, y el diario como el artefacto que lo verifica. Quizá por ello se presentan, desde la portada, ex profeso incómodos.

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Cabe aclarar que, en tanto objeto público, todo diario suscita incomodidad, pues su construcción del ‘yo’ implica una intimidad expuesta que violenta el marco privado que tanto voyeur como exhibicionista requieren. Lo singular aquí es que esa intencionalidad y su constructo se exponen de modo abierto, configurando un experimento donde el lector es advertido sobre su propia condición de sujeto de prueba.

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No en vano, el epígrafe de todo el libro es de Annie Ernaux, quien recibió el Nobel de Literatura 2022, cito: “por el coraje y la agudeza clínica con la que descubre las raíces, los extrañamientos y las trabas colectivas de la memoria personal”. Agudeza clínica y extrañamiento, he allí las claves que justifican el espíritu de este diario y que mi análisis intentará exponer en los próximos apartados.

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Apuntes para una película

Entre los muchos detalles que me gustan de este libro está el hecho de iniciar cada diario con una imagen y un epígrafe. Una forma de advertencia sobre el privilegio de las lectoras y una invitación a seguir los contenidos del diario como los episodios de una serie de antología: “totalmente para contemplar, a semejanza de los sueños”, donde todo se presenta “desligado, fragmentario; y al mismo tiempo extrañamente homogéneo”.

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Y, como tal, me convoca a comentar el diario como quien habla de cine informalmente en un bar. En estos textos pareciera que el hilo conductor es el desencanto, aunque la autora insista en la tristeza, que no es lo mismo: “esta tristeza padece de falta de adherencia, es como si estuviera vencida”, nos dice.

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Después de ver Dolor y Gloria con el poeta Pablo Molina, yo le señalaba la impecable interpretación de Banderas de la tristeza y del desdén del viejo director. Y Pablo, que seguramente se sentía igual, me precisaba: “Es el desencanto Krístel. El desencanto, no la tristeza. La tristeza se puede evaporar, la melancolía tiene al final una solución en la muerte, pero el desencanto … el desencanto es un tiempo detenido, un cuarto sin puerta para salir ni ventana para saltar”.

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Resulta interesante que una persona tan joven se obligue a mirar la vejez, las formas del olvido y la soledad desde la visión esquizoide de 24 cuadros por segundo, que se reinician en un bucle decadente y doloroso, irruptivo. Por ello, la exposición del extrañamiento pasa sin filtros ni edición en el exceso del cuerpo en el cuerpo, hasta que la luz lo revela en su condición espectral. La palabra membrana es un loop que se repite, tan frágil, tan repulsiva, tan incómoda, para quedarse, como humor vitreo, hialino en la memoria del lector: “Esa sensación de brote, de momento exacto de irrupción de un estado de cuerpo en otro, de membrana cediendo a la rotura”. Es el ser que siente a través de los bordes, cuya piel es todo ella una zona sensitiva y permeable.

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A partir de la textura, las obsesiones y las imágenes recurrentes de los textos, la voz que leemos no es una personalidad estabilizada, sino un ser liminar, una conciencia membranosa que existe en los umbrales: entre el recuerdo nítido de la niña y la mujer que se ve morir, entre la cordura y la herencia de la locura familiar. Es, usando sus propias palabras, un cuerpo de tiempo que se filtra y se reconstruye en cada apunte: “mi pobre ‘cuerpo de clepsidra’”. Una genial autodefinición de la autora que nombra perfectamente ese ser que es contenedor, fluido y medida de su propio tiempo, que se vacía y se llena de recuerdos.

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Los recuerdos no son cuadros estáticos, son “brotes”, siente el “desmoronamiento del ser en su mismidad”. Es un ser cuya soledad es “una membrana absoluta”. Flota entre la cordura y la locura, entre la fe y la nada, entre la lucidez clínica y el desvarío sensual. Es un ser en fuga perpetua que deserta de un tiempo para pasar a otro, que traiciona el presente por el recuerdo y viceversa. Y el diario es el contenedor físico de este ser liminar. Es el “velo viviente” que atrapa el “detritus” del tiempo.

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Diariomaterno

En el año 2013, estuve en Buenos Aires, en casa de mi querida amiga Magaly. Una tarde, hablamos largamente de la maternidad. Yo intenté descorrer el velo –muy delgado es el mío– que oculta la mala madre que me habita, pero ella me contuvo de inmediato con un testimonio firme: “Yo he disfrutado hasta los dolores de parto; cada fiebre, cada trasnocho y NUNCA, nunca he deseado otra cosa que sufrirlos”. ¡La figlia oscura, claro! Y un silencio me alcanzó hasta este segundo diario, porque tras su lectura, al fin, puedo completar mi frase: Algunas hijas vienen a través de nosotras para salvarnos.

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En tiempos en que la resiliencia y la sororidad se leen de forma tan extrema que exigen a la mujer no solo superar el trauma, sino afrontarlo con un optimismo que niega la frustración y el miedo, este diario ostenta un testimonio radical: no busca sanar la desolación, sino aprender a vivir con ella.

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Si el primer diario nos presentaba a una “mujer liminar” en el umbral de la memoria y la identidad, este segundo la muestra siendo atravesada por el umbral más violento: el de la maternidad. La metáfora del cuerpo-contenedor de tiempo –aquel reloj de agua– muta en entraña expuesta. La cicatriz de la cesárea, de la que la autora dice “No olvidaré jamás el olor de mi carne expuesta”, se convierte en el nuevo epítome de un ser cuya membrana ha sido cortada para dar paso a un mundo ajeno.

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Así, el diario deja de ser un mero contenedor para convertirse en un campo de batalla ético. La voz que flotaba entre la niña y la mujer se multiplica en un coro de voces en conflicto. Y en el centro de este estruendo emerge Godzilla, un relato brutal donde lo inconfesable no es un crimen físico, sino el agotamiento, la rabia, el resentimiento. Y el “gatillo” es el deseo de aniquilar la propia impaciencia, la identidad previa. La maternidad se revela, en su sombra, como un ciclo perpetuo de crimen y castigo autoinfligido, donde la culpa se materializa en la mirada de nuestras hijas, “cordón perfecto de escamas secas y filosas” que nos estrangula.

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Frente a este abismo, el texto Cua-tro actúa como un espejo cóncavo. El flujo de conciencia infantil, con su lógica onírica, devuelve una imagen deformada y reveladora de nuestras angustias. Es el morbo de verificar la respiración bajo la manta, el miedo que se transmite como herencia en conversaciones, como la mentira piadosa que la hija debe descifrar en Sobre el miedo: “no te asomes al balcón”. Esta gestión de un terror heredado me remite directamente a La hija oscura de Elena Ferrante: “El miedo se había mantenido a lo largo de los años e incluso ahora, aunque el agua fuera una hoja de papel translúcida y tersa hasta el horizonte, no me atrevía a meterme, me angustiaba».

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No obstante, Giordana no se queda en la deconstrucción. Erige, con Manifiesto, una ética del cuidado como acto revolucionario. Su denuncia de la “extracción del órgano blando del cuido” en los hombres es un dardo certero contra la socialización que disfraza de instinto lo que es programación cultural. Y su afirmación de que “Dios crea, pero no cuida” es devastadora, pues eleva el acto mundano y femenino del cuidado por encima del acto divino y masculino de la creación.

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En este camino de reconocimiento, Opción es la respuesta del “ser liminar” al borde del colapso. Es la rendición de la autonomía, la claudicación ante la nada, donde hasta el suicidio se ve negado: “Una madre no puede pegarse un tiro”. Y de este abismo, emerge no una respuesta, sino un mandato íntimo que vence a todas las otras voces: “Ama. Fuera de ti. Y luego, más adentro de ti”. Un amor que no redime, sino que se asume como la única herida vital con la que vale la pena aprender a convivir.

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Diario de la peste

El concepto del “ser liminar”, que guio nuestros análisis previos, aquí se expande hasta volverse colectivo: ya no es solo una mujer en un umbral, sino la humanidad entera en cuarentena, atrapada en el espacio entre lo físico y lo digital, la salud y la enfermedad, la solidaridad y el egoísmo. Así, este diario lleva la introspección de los anteriores a una escala social y política sin perder un ápice de su hondura íntima.

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Si el primer diario exploraba los paisajes interiores de la memoria y el segundo la intimidad desgarrada de la maternidad, el Diario de la peste proyecta esa película –en el doble sentido de la palabra– sobre el cuerpo colectivo de un mundo en crisis. La membrana ya no es solo la piel de un cuerpo individual, sino la pantalla que nos aísla y conecta, la mascarilla que nos protege y asfixia, la frontera geopolítica que jerarquiza el dolor.

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El texto Panóptico y cosmética es la piedra angular de este giro, pues invierte la lógica del panóptico: “Estoy apestada de ojos”. Lo incómodo no es que un ojo central nos vigile, sino que nos hemos convertido en una plaga de miradas mutuas, una epidemia de violencia visual donde “ver es apuntar con un arma”. A esto se suma el hallazgo conceptual del diario: la “condición cosmética de la existencia”, esa obligación de fingir una limpieza y una hospitalidad que nos salven.

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Esta nueva membrana social distorsiona también nuestro sentido del tiempo. La sensación de extrañamiento del primer diario (“cuerpo de clepsidra”) se vuelve aquí una espera colectiva, masiva y psicótica: “El tiempo cotidiano se ha espesado”. Y en medio de este bucle, irrumpe la maternidad desgarrada del segundo diario, que se transforma en la Godzilla de la era digital: la batalla en el territorio envenenado de la atención fragmentada, donde “preferir leer rápido información […] que darle la papilla a mi hija” nos convierte a todas en ese coro que clama: “Somos tantas”.

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Pero el movimiento más brillante lo ejecuta la autora en Dolor al margen y Que me corten la cabeza, cuando usa su condición liminar para observar los límites del mundo. Su mirada es ahora la de un cuerpo geopolítico periférico que, desde un país sitiado, observa con lucidez feroz la tragedia “hipermediatizada” del primer mundo. La frase “No son niños palestinos” se erige como una de las más incómodas y necesarias, al exponer la jerarquía global del dolor y nuestra complicidad como espectadores.

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Al final, Giordana nos revela que la pandemia no hizo más que volver colectiva y visible una condición liminar que siempre nos ha habitado: la de ser espectadores y actores de nuestra vida, atrapados en la ‘condición cosmética’ de aparentar normalidad mientras, en el interior, luchamos por dar la papilla en un mundo de noticias virales. La peste, al final, es solo el nombre de la membrana haciéndose mundo.

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Breves ensayos para una botella

Leer los diarios de Giordana, para mí, es una experiencia que desborda lo crítico y se torna en un reconocimiento. Asistír al surgimiento de una voz que no podía, ni quería, escapar a sus influencias. No hay aquí una resistencia, sino una asimilación profunda y cruda, una cualidad que siento intrínsecamente femenina en su manera de habitar el conflicto sin buscar una pureza que no existe.

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Este libro no ofrece un arco de redención. Si en el principio habitábamos el desencanto – ese ‘tiempo detenido’–, al final nos enfrentamos a algo más visceral: la desesperación, las preguntas, la incertidumbre. O, para ser más exactos, lo incierto que urde, la urdimbre de lo incierto.

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Y es en este tejido donde, como lectora, me descubro mimetizada. Su tono, su ritmo, su anclado respirar pandémico, terminan por infestar la memoria. No leemos desde fuera; leemos infectadas, contagiadas. Al cerrar el libro, las fronteras se difuminan en una serie de ecos íntimos y perturbadores: ¿Son sus juguetes en la repisa o mis propias figuras de Ryuk y el Niño Mancha? ¿Son sus obsesiones o las mías? Ese zumbido de fondo que se repite, ¿no es el golpe rítmico de la shishi-odoshi en el duelo final entre La Novia y O-Ren Ishii, el mecanismo que marca la tensión antes del clímax sangriento?

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Leerla es, en última instancia, permitir que su membrana liminal se adhiera a la nuestra. Y es desde este lugar de complicidad contaminada que quisiera hablar del último diario, donde la autora se vuelve hacia sí misma como lectora, coleccionista y cantante desafinada para preguntarse: ¿desde qué lugar se escribe? Veo que cita El corazón del daño y pienso inmediatamente en otra línea de María Negroni para contestarle: “son recién las cosas, se están haciendo ahora, en blanco y negro, sobre la página”.

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Este diario no es una conclusión, es la devolución de la mirada: la autora ya no es solo el ‘ser liminar’ observado, sino la crítica que observa los cimientos mismos de la cultura desde la que es observada. Sin temor, nos comparte esa ‘incomodidad solapada’ con el término lector-hembra de Cortázar y la convierte en el principio de una poética personal. Frente al canon ‘grecorromano’ y su ‘anciano mármol’ que denuncia, ella erige su biblioteca: un ‘artefacto afectivo en expansión’ con un ‘estricto caos’. No es un templo ordenado, sino un cuerpo vivo poblado de juguetes, mapas y cacharros. Es la materialización de una mente que se resiste a la pureza y abraza el kitsch como un acto de soberanía íntima, un sistema de conocimiento alternativo al orden colonial y académico.

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Con la misma lucidez, desmonta nuestros fetiches. Su obsesión por Japón no es una admiración ingenua, sino la fascinación por una ‘superposición esquizoide’ que ella misma vive: la tensión entre la tradición (Kyoto) y la hipermodernidad (Tokio). No idealiza; ve la tristeza bajo el ‘plus del apocalipsis nuclear como mercancía cultural’. De igual modo, su amor por las rancheras es un acto de apropiación corpórea. Al cantarlas ‘horrible’ pero con pasión, se apropia desde una épica popular de ‘la cirrosis de un continente’. No es un simple gusto; es una encarnación, una forma de habitar un ‘campo cultural’ con el cuerpo, no solo con la teoría. Por eso, el viaje culmina en el acto más primal y real: arrullar a una niña ‘Drume, negrita’. Es un rechazo a la abstracción deshumanizante y un regreso al ‘cuidado de los sueños’. Ya lo ha advertido en el epígrafe que abre este último diario: “A ese futuro, que puede estar en el pasado, lo apuesto todo”.

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Si tuviera que trazar la imagen secreta que une estos cuatro diarios, sería la de un ser de luz que descubre, con terror y fascinación, que su brillo está hecho de la misma materia que lo pudre. Desde el anhelo inicial de ‘ser lo que resplandece’, la autora nos guía a través de un bestiario de ‘insectos eléctricos’ –polillas, libélulas, termitas luciferinas– que son emisarios de esta verdad incómoda: que la fe, la creatividad y la misma conciencia son una luz que atrae irremediablemente a sus propios parásitos. El viaje culmina, de manerareveladora, con una anti-epifanía: frente al insecto de Mordisco, la autora ni siquiera intenta comerlo –como lo hiciera Lispector–, para trascender el asco. Solo se reconoce, tristemente, en la repulsión. Y en ese fracaso hay una honestidad bruta que también pudiera traducirse en palabras de María Negroni: “Tanto esfuerzo para ser, apenas, un idioma de consonantes sin pájaro”. A veces, el brillo más humano no es el que vence a la pudrición, sino el que aprende a convivir con la evidencia de que la habita.

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Este diario es, entonces, el manifiesto de una sensibilidad. Giordana nos enseña que la crítica más profunda no nace del desdén, sino del amor; no de la pureza, sino del caos afectivo de una biblioteca llena de juguetes; y no de la teoría, sino del canto desafinado y sincero que, en su torpeza, nos devuelve a la verdad sudorosa de estar vivos.

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Krístel Guirado / 

Aragua, Venezuela, 1968 – Miranda, 2026. Fue una destacada lingüista, escritora, investigadora, dramaturga y actriz venezolana. Egresó como licenciada en Letras y magíster en Lingüística por la Universidad Central de Venezuela. Posteriormente obtuvo un doctorado en Lingüística Hispánica en la Universidad de Zaragoza, España. Destacó en las áreas de sociolingüística, análisis del discurso y dialectología, enfocándose principalmente en el habla caraqueña. Su obra investigativa (De)queísmo: uso deíctico y distribución social en el habla de Caracas le valió el Premio a la Investigación en 2005. Entre sus trabajos notables figura Lírica Hispana: Mujer y gestión editorial (1943-1968), un libro orientado a visibilizar el rol femenino en la historia editorial iberoamericana.

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