ESCRITURAS

Cuaderno de Cos

Néstor Mendoza

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Ese cerro es el primero que nació. Allí. Mira. Lo admiran por su vejez, la acumulación de quieta sabiduría. Se fue alzando, hinchando: salió con dolor desde abajo, en un gran movimiento de placas, en un gran esfuerzo de tierra y de piedras, en un gran escándalo que vieron especies primitivas. De este lado llueve poco y por eso escasea la vegetación: poco monte, poco árbol, poco animal pisando la tierra, sintiendo la sequedad de la tierra.

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Se pierde la posibilidad del detalle, no es permitida la mirada conjunta —una exigencia del ojo— sino por partes, pieza por pieza, arruga por arruga, como si con esto intentaran (con) vencernos. Y lo hacen cuando ya estábamos acostumbrados a mirar hacia un solo punto, en la parte siempre frontal. Ya no habrá más horizonte excepto sobras para la mediocridad de cualquier ojo.

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Si me permitieran barajar el paisaje, con las manos atadas, con los ojos vendados, no habría diferencia alguna. Sería otro modo de mirar la única estatua.

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Era un campo extendido y sin cosechas artificiales —eso dijeron—, creado solo para algunas miradas, aquellas capaces de confiar en el olor del capullo. Para ellos se reservan los mejores frutos que siempre crecen sin la vigilancia de los ojos terrestres. Quienes vieron esa vegetación por primera vez fueron los que nunca preguntaron ni molestaron al acompañante con mensajes impertinentes, los que solo se dejaban dominar por la intensidad de ciertas maneras de asumir el roce, su lenguaje en la piel.

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Estos sucios campos no guardan relación alguna con lo que nuestros padres leyeron en los libros, se alejan mucho de los hechos narrados con belleza ancestral, con las herramientas de la metáfora. Da igual que miremos un árbol arqueado de tanta fruta, que un tronco sin nada verde encima.

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Los más veloces no siempre fueron quienes obtuvieron el oro olímpico; los más fuertes no siempre fueron los que alzaron más kilos en sus manos; los más hermosos no siempre fueron los más deseados; no siempre un cuerpo bello guardaba algo delicado en el alma. No siempre los de mayor visión previeron la caída.

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Si me permitieran barajar el paisaje, con las manos atadas, con los ojos vendados, no habría diferencia alguna. Sería otro modo de mirar la única estatua.

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La adicción de ver con la mirada en distorsión; una mirada que no comprende la exactitud de lo que se posiciona frente a nosotros. Opio en los ojos. La validez, la falsedad, la mirada hiriente, la estrechez de mente, la falta de experiencia. No busques la salida, no has entrado.

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Néstor Mendoza /

 

Maracay, Venezuela, 1985. Poeta, ensayista, gestor cultural y editor. Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Realizó cursos de posgrado en Literatura Latinoamericana y en Filosofía. Editor de El Taller Blanco Ediciones. Actualmente cursa el Diplomado de Historia de Colombia (Fundación Universitaria Juan N. Corpas/Patronato Colombiano de Artes y Ciencias). Autor de los poemarios Andamios (Equinoccio, Caracas, 2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas, 2015); Ojiva (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019), libro que cuenta con una edición alemana: Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer; en inglés: Warhead (Editorial Pulpo, Puerto Rico, 2024); y parcialmente al francés: Poblar la intemperie/peupler l’intempérie (La Poeteca, Caracas, 2023), traducción de Stéphane Chaumet; Dípticos (Editorial Seshat, Bogotá, 2020), Paciencia mineral (Ediciones Estival, Maracay, 2023) y Cuaderno de Cos (Rubiano Ediciones, Valencia, 2026). Ha publicado la antología Simulacro. 2007-2020 (Editorial Seshat, Bogotá, 2021) y los libros en prosa Alfabeto de humo. Ensayos sobre poesía venezolana (Ediciones Estival, Maracay, 2022), Alfabeto de humo II. Ensayos y reseñas sobre poesía venezolana (Ediciones Estival, Maracay, 2024) y Álbum de grabados. Prosa diversa (Casa Vacía, USA, 2024).

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Los textos que publicamos pertenecen a Cuaderno de Cos (Rubiano Ediciones, 2026). La fotografía del autor fue realizada por José Antonio Rosales.
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