ESCRITURAS

«Cuaderno de Cos», de Néstor Mendoza: poesía de la contemplación

Vanesa Almada
Noguerón

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Respiración 

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Tomar el aire y prolongar, durante unos segundos, la exhalación. Detenerse, suspender todo un momento, orillarse, retirarse a observar. Esta es la invitación que nos hace Néstor Mendoza en su Cuaderno de Cos, colocándonos en el lugar de espectadores silenciosos, prestos a oficiar de intermediarios ante un mundo desdoblado que se quiere esperanzador o apocalíptico, según el lado desde donde se lo esté mirando.

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Y esa respiración de tenue cadencia —serena, vital— no inicia, como se esperaría, en los poemas. Inicia, antes bien, en la elección rigurosa de los epígrafes, cuyas declaraciones se alzan como portales de acceso fijos hacia un nuevo e inexplorado territorio.

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“Un paisaje en armonía con los más tristes sentimientos”, advierte Théophile Gautier, llamándonos a ser parte de aquella vieja convicción romántica en la que la naturaleza no es más que una proyección de la propia geografía (la íntima y necesariamente subjetiva); enseguida, el poeta y traductor colombiano Aurelio Arturo invoca unos campos que «por nada te ofrecen su extendida cosecha de belleza”, recordándonos que la naturaleza concede a nuestra vista todo su esplendor y hermosura de manera desinteresada, sin expectativa alguna de retribución; por último, acuden las palabras de Rafael Cadenas a procurar desprendernos de la ansiedad constante en la que forzosamente vivimos inmersos, suscitando una reflexión sobre el valor de nuestro origen, nuestro propio recorrido y la pertinencia de ese “lento hacerse, paso a paso, desde una escasez”.

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De tal manera, y convocándonos a tomar como punto de partida su selección hecha a conciencia, el autor nos dispensa estas citas como posibles coordenadas de lectura. En ellas, procura dar noticia de que nos iremos encaminando, poco a poco, en dirección a una tarjeta postal dentro de la cual el desconocimiento y la carencia —de verdor, de voluntad, de lenguaje, de certezas— buscarán ser morada misma del poema.

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Cuaderno de Cos, de Néstor Mendoza | Rubiano Ediciones, 2026.

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Aquí

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Compuesto por veinticuatro fragmentos en prosa, ninguno de ellos titulado —apenas separados por un asterisco que opera como cadencia de pulso—, este poemario de Néstor Mendoza se inscribe en una tradición de prosa poética que privilegia la condensación por sobre la complejidad narrativa. Cada pasaje es una unidad autosuficiente y, al mismo tiempo, una pieza de mosaico mayor que permite reconstruir un territorio simbólico, ordenado, provisto de puertas, ventanas, campos yermos, piedras hostiles y una figura enigmática que da nombre al libro: Cos.

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Cuaderno de Cos. El propio título es quien anticipa, anuncia y hace emerger en el lector un singular estado de estupor, perplejidad o extrañamiento: no sabemos con certeza quién o qué es “Cos” aunque, pese a ello (y, concretamente, a causa de ello), será esa incertidumbre inaugural la que —lejos de resolverse— se erigirá como motor propulsor de toda la obra.

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Y desde luego que el recurso de la fragmentación no es azaroso, ni mucho menos antojadizo. En él se nos brinda nada menos que “la posibilidad del detalle”, esto es, la oportunidad de la demora, ese intervalo que, sin siquiera percatarnos, nos urge y nos reclama.

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En el entramado poético que nos es presentado, ni sujeto hablante ni lector acceden jamás a la totalidad de lo que se observa, sino apenas a esquirlas, pedazos de un escenario, un cuadro o un misterio que continuamente da la impresión de darse a la fuga. “Ya no habrá más horizonte excepto sobras para la mediocridad de cualquier ojo”, postula el primer poema. Acaso esa renuncia al horizonte sea también una renuncia (¿un rechazo?) a la mirada integral y totalizadora del mundo.

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Pero, como es sabido, toda puerta tiene dos lados: un adentro y un afuera, un anverso y un reverso. Este que habitamos es —para quien está documentando en su cuaderno— el lado de lo falso, lo escaso, lo restringido, lo artificial, lo impuro: “Estos sucios campos no guardan relación alguna con lo que nuestros padres leyeron en los libros, se aleja mucho de los hechos narrados con belleza ancestral, con las herramientas de la metáfora. Da igual que miremos un árbol arqueado de tanta fruta, que un tronco sin nada verde encima” (p. 14). Cabe, entonces, aferrarnos a estas dos preguntas, tan crudas como ineludibles: ¿Qué hay detrás de ese límite, de esa línea divisoria? ¿Cuál es el precio que deberemos pagar para atravesarla?

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Portal

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La puerta se ha cruzado al fin y no queda más que avanzar hacia lo desconocido. Se reabre el viejo debate acerca del lenguaje y lo percibido: “Lo que ves tiene sus límites en la oralidad” (p.16), y eso se debe, precisamente, a que no hay discurso posible para nombrar lo que se ve por primera vez (lo que se toca por primera vez, lo que se siente por primera vez). Se trata de un heredado y harto conocido obstáculo: las palabras no están a la altura de lo todavía no explorado. Revela la voz: “Yo lo vi de cerca, pero tuve miedo, fui indigno de entrar, siquiera de ver una mísera hoja desde este lado de la puerta” (p. 16). Como ya se nos ha enseñado hasta el cansancio, la cercanía no garantiza el acceso. Ni ver significa comprender. Y aunque el miedo actúe aquí como agente definitorio, la percepción vuelve a aparecer como facultad limitada, siempre insuficiente, frente a un mundo que —ya lo estamos viendo venir— rehuirá cualquier intento de totalidad.

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Así también, varios fragmentos centrales —“una fuente distractora impide que el observador ponga un pie fuera de la habitación” (p.17); “la puerta se abrió sin ayuda de las bisagras” (p.15); “al fin el portal fue traspasado y, del otro lado, uno no muy distinto de este lado” (p.23)— configuran una alegoría del umbral que recuerda, en su esquema, a ciertos relatos de iniciación, donde el personaje atraviesa una experiencia que modifica su manera de comprenderse a sí mismo, a los demás y/o al mundo. La salvedad, esta vez, es que no hay tal personaje sino lectores transitando a tientas hacia un conocimiento restringido o, en su defecto, inalcanzable.

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Pero parece haber una resistencia —en el discurso y sus componentes— a ofrecer una resolución admisible o cuando menos sosegadora: cuando el portal es cruzado, lo que aparece del otro lado dista mucho de ser una revelación luminosa. Por el contrario, se trata de “una naturaleza muerta como una réplica de sí misma”, un espacio decolorado, invertido especularmente, que multiplica y potencia la incertidumbre en lugar de disiparla.

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En claro diálogo con las palabras antes citadas de Gautier, el paisaje que rodea esta puerta es sistemáticamente hostil y desértico. No hay forma de aproximarse sin haberse enfrentado previamente a su inhóspito desamparo. El territorio se forja a partir de la doble función que se le ha asignado: escenario geográfico, por un lado, y estado del pensamiento, por el otro. Así, la sequedad del paisaje es también la sequedad de una certidumbre que no llega nunca, de una respuesta que se posterga —y seguirá postergándose— indefinidamente.

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Pero atención porque, frente a este panorama, y de manera imprevista, hace su aparición la única figura que parece trabajar en sentido contrario: “el contador de piedras» (p.27). Hablamos de alguien que «nunca se cansaba de contar las piedras, una a una, miles de piedras del camino», en lo que el texto mismo llama, con una ironía contenida, un «trabajo inservible» que, sin embargo, «halló el brote». Esta es la imagen que condensa, con gran acierto, el tipo de poesía que busca amplificar este libro: la escritura como tarea minuciosa, casi obsesiva, que no promete grandes revelaciones pero que, en su insistencia silenciosa, logra hacer aparecer algo —un brote, una irrupción, un comienzo— en medio del vacío, el desasosiego y la siempre escandalosa infructuosidad.

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Cos, Grecia

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Allí

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Todos y cada uno de estos eventos sobrevienen y continúan su natural curso mientras tomamos el aire y prolongamos, durante unos segundos, la exhalación. Abrimos la puerta, miramos dentro. ¿Es la mirada un problema moral? ¿Cómo y quién mide la responsabilidad del observador?

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Diversos pasajes insisten en contraponer a quienes miran el nuevo mundo con ambición o con insolencia —»entró una persona y luego otra (…) arrancando lo que sus ojos veían» (p.24)— frente a quienes «nunca preguntaron ni molestaron al acompañante con mensajes impertinentes» (p. 13). En virtud de lo adivinado, serán los segundos los favorecidos, los que alcancen la dicha y la buenaventura. Porque “los más veloces no siempre fueron quienes obtuvieron el oro olímpico” (p. 18), y para aprender a contemplar, es condición capital saber mirar.

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He aquí, entonces, una suerte de ética implícita que personajes y lectores deberemos disponernos a asumir: no toda mirada merece lo que observa; sólo aquella despojada de la ansiedad posesiva —capaz de aceptar «la posibilidad del detalle» (oportunamente presentada desde el inicio)— podrá aproximarse al misterio de Cos y de su reino.

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“Los poemas se mueven en un terreno inalcanzable, en un campo de árboles solitarios”, reconoce con acierto Armando Romero en las palabras liminares. La naturaleza, es cierto, ocupa un lugar decisivo en ambos lados del portal, aunque —esto ha quedado más que claro— difícilmente pueda entenderse como una representación del paisaje en el sentido tradicional. Incluso cuando parece árido o devastado, conserva una potencia simbólica que lo aleja de cualquier descripción realista. La naturaleza acude al poema para representar, en todo caso, una forma de pensamiento, un lenguaje alternativo con la solvencia suficiente para expresar aquello que la razón ordinaria, como ya hemos visto, no alcanza a nombrar.

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Para leer Cuaderno de Cos, a fin de cuentas, nos es completamente prescindible saber quién es Cos. Nos basta con posar la totalidad de nuestra atención en cada pequeña cosa que se nos pone delante: cada campo, cada hoja, cada animal, cada seña, cada “universo en miniatura”. Nos basta estar al tanto de que seremos nosotros mismos el umbral a atravesar.  El otro lado nos espera, pero cuidado: “No busques la salida, no has entrado”.

 

Agosto de 2026.
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Vanesa Almada Noguerón /

Buenos Aires, 1980. Poeta, escritora y gestora cultural argentina radicada en la ciudad de Mar del Plata. Es colaboradora activa en prestigiosas plataformas y revistas literarias digitales, tales como Latin American Literature Today (LALT) y la revista y editorial Liberoamérica.Ha consolidado una sólida trayectoria en la literatura latinoamericana contemporánea, siendo reconocida con distinciones internacionales y participando en múltiples festivales de poesía en América Latina y Europa. Ha publicado: Entre los ruidos (Baldíos en la Lengua, 2015) Quemar el fuego (Autogestivo, 2017), Los demás (Liberoamérica, 2019) Límbica (El Taller Blanco, 2020) — Obra que resultó finalista del VII Premio Internacional de Poesía en Paralelo Cero en Ecuador. Cómo no se resuelve un koan (Qeja Ediciones, 2021) — Publicado bajo el formato de zine. Lo que no vuelve (Halley Ediciones, 2023), Quemar el fuego: doble o nada (El Andamio, 2024). 

Fotografía: Costas Balafas – Los Ermitaños de Meteora 
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