Manuel Illanes
.
.
.
1.
A propósito de las protestas y manifestaciones callejeras que tienen a media Europa convulsionada, me he puesto a releer Walter Benjamin. Una biografía de Bernd Witte: aunque en un primer momento pensé que había llegado al título por una pura casualidad (me cambié de casa en estos días y entre los movimientos de muebles, electrodomésticos y libros, había apartado el de Witte para echarle un vistazo corto antes de guardarlo en el fondo de una caja; vistazo que, por lo visto, se alargó más de la cuenta), luego me di cuenta de que, en realidad, lo había rescatado del desorden de la mudanza porque ese libro me ayuda a reflexionar de la mejor manera posible sobre los actuales acontecimientos europeos y latinoamericanos, puesto que compartimos con Benjamin, desde mi punto de vista, un horizonte histórico que oscila nuevamente, oh sorpresa, entre la turbulencia y el (neo)fascismo, sin que, por otro lado, contemos en nuestro haber con esa esperanza de redención que el pensador alemán consideraba como un último recurso siempre disponible frente al avance de los totalitarismos (al menos, así lo cree este ardiente fan de la primera temporada de True Detective). Las disputas y combates que enfrentó la generación de Benjamin, especialmente en lo relacionado con un Capital que adopta la forma política del Fascismo para defender sus intereses, son nuestras batallas al día de hoy, en que para el gobierno de Macron nada parece justificar el “desorden” y el “caos” que las manifestaciones han llevado a diversas ciudades francesas. Quizás lo más inquietante y significativo de dichas declaraciones es que, en la medida que se habla de un aparente “caos”, se opone a éste un “orden” al que, tácitamente o no, se invoca para proponer un ideal de convivencia. El hecho de que el “orden” al que alude el presidente de Francia suponga un país que deba aumentar sus gastos militares de manera desproporcionada mientras se recorta drásticamente el dinero destinado a educación, salud y jubilaciones, habla más que cualquier otra cosa del tipo de sociedad que su gobierno busca imponer, el de una comunidad mercantilizada donde sólo aquellos que poseen la riqueza suficiente para poder acceder a estos “beneficios” (ya no derechos, por supuesto) podrán tenerlos en el futuro; una comunidad, por lo tanto, en que impera una violencia y, ahora sí, un caos real sobre la población apenas soterrados, del que, sin embargo, no hay denuncia ni impugnación oficiales; una comunidad, por fin, en la que Oro y petróleo son dioses servidos por el Diablo.
.

Backmasking [Escrituras Sel. 2025 – 2005 ] | Dogma Editorial & Nila ediciones, 2025.
.
2.
Oro y petróleo son dioses servidos por el diablo es una frase de “Welserland” (2021), uno de los libros que figura en la antología Backmasking de Víctor Manuel Pinto, publicada por Nila Ediciones y Dogma Editorial. La antología reúne los seis libros publicados por el poeta venezolano más uno que se encuentra inédito (“Lady Zédernard”), siguiendo un esquema novedoso, por cuanto los textos se conjuntan desde el más reciente hasta el más antiguo y no al revés, como es la norma generalizada en este tipo de libros. La estructura del texto convierte entonces al lector en una suerte de arqueólogo que debe ir desenterrando las claves que permitan comprender el aspecto filoso y oscuro que presenta actualmente la escritura de Pinto, en el pasado de su obra poética. A mi entender, si existe un elemento que ofrece luces sobre su escritura más reciente, éste corresponde a la figuración del “orden” que citaba en el párrafo anterior, el de un Capital asociado a nuevas formas de fascismo, que encuentra en “Welserland” una expresión prístina. Dicha figuración se construye de una forma sostenida, pero indirecta en varios de los libros anteriores al ya citado título: la hallamos dibujada en “Mecánica” (2006), en el relato que se hace de la vida de un hombre y su familia, que subsisten gracias a la reparación de vehículos, buscando no naufragar en un entorno político y social del que apenas se habla, salvo para darnos algunos datos esenciales, que son los más patentes: la carestía y la necesidad (“Cuando él no tenía dinero / el paseo era llevarnos al aeropuerto / a ver despegar los aviones / ahora tampoco hay dinero / por eso se trasnocha bajo un carro en el taller / la gasolina pesa en la sangre / junto al desorden entre comidas / hace tiempo dijo que dios lo olvidó”, p. 152); se encuentra reconfirmada en “Voluntad para no matar” (2011) en que las pistas sobre este orden invisible se van haciendo cada vez más claras, especialmente en lo referido a la violencia infinita que lo caracteriza (“Si la bala refulge en su caja / y lamiendo su punta la puliéramos / en la camisa o en el pañuelo, / quizás si le damos ese cariño… / o derribando todo de la mesa / pusiéramos su forma en el centro / junto a una cesta de huesos y frutas, / tal vez si le ofrendamos algo así… / o mejor le fabricamos un hombre / con ojos de buey, con lomo de toro, / con un corazón y patas de vaca / para que lo atraviese a diario…a lo mejor con eso la saciamos”, “Trayectoria”, p. 119); que aparece afianzado en “Quieto” (2014), donde incluso los vínculos amorosos y el placer están limitados por las coordenadas que el Capital quiera fijarnos (“Le diremos amor a este tipo de consumo / donde el tiempo nos hace su extraña dosis de polvo. / Aremos en la tierra del Diablo / hasta el día del aro del oro / y la gala empalagosa / con el himno de María. / Este es el mercado del amor: / -Nalgas paralizadas con goma; para ser deseable. / Mamas endurecidas con plástico: para ser deseable. / -Whisky -Oro -Bienes; para que vengas a mí, / para que nada hasta vieja te falte”, de “Cocaína”, p. 107). Lo que se realiza en estos libros es una suerte de establecimiento de las fronteras donde regirá este orden que, a pesar de su supuesta invisibilidad, se va haciendo cada vez más fácil de observar a partir de sus rasgos sangrientos y perturbadores.
.
3.
Y así llegamos a “Welserland”, que para mí constituye el centro de la antología de Pinto. Giordana García, prologuista del libro, señala que “de este séptuple fundamento, Backmasking reserva un lugar generoso -y significativo- a los poemas de Welserland (2021). Es el reconocimiento tácito de que en este libro se encuentra la apuesta más radical, compleja y lograda de su autor” (p. 6). “Welserland” se erige como una obra utópica in extremis, forzando el sentido etimológico del término (que proviene del griego, que significa “sin lugar”): el libro se ofrece a la lectura como un territorio imposible, al mismo tiempo que “demasiado real”, donde continuamente circulan personajes históricos de distintas épocas, que conviven en sus páginas como si se tratara de habitantes de una Comala espectral. Así, por ejemplo, Bartholomeus Welser, uno de los integrantes de la familia Welser, banqueros alemanes que financiaron las campañas de Carlos V en Europa, y a quienes se entregó la provincia de Venezuela entre 1528 y 1546 es parte del libro en la misma medida que Joseph Goebbels, ministro de propaganda del régimen nazi; o Juana de Castilla, la mal llamada “reina loca”, madre de Carlos I de España coincide en la obra con Wilhelm Lehmann, poeta y novelista germano-venezolano, afiliado al partido nazi. Ese cruce de personajes y temporalidades que tiene lugar en “Welserland” caracteriza un espacio literario que se configura claramente en un sentido infernal: en “Hemdklunkerumzug” (“desfile de camisas brillantes” en español) encontramos esto señalado de forma terminante en el primer texto, que funciona casi como un arte poética del libro entero: “Oro y petróleo son dioses servidos por el Diablo. Juegan con piedras de huesos las trabas y abras del camino. Nosotros sin valor sobre una mesa soñamos y dormir le llamamos a un círculo y al caos que baraja el dulce y lo agrio en nuestra copa; la sangre o la luz en el filo de la espada entre el quieto acontecer de la rutina. Vivimos revueltos por manos doradas y obscuras. Pólvora y Plomo juegan con los dioses subterráneos. Plomo acuesta los dobles y suenan tiros al caer sobre la mesa. Plomo es plateado y dual; camina junto a un zorro y una ciega. Crean los dioses caminos de huesos cifrados. Piedras punteadas que suman y restan tiempo. Oro dominó la partida; Petróleo dominó la segunda; Plomo ganó la tercera; de Pólvora fue la cuarta. Y así mueven la tierra, década tras década” (p. 32).
.

Manuel Illaanes en la presentación de Backmasking | México, DF, octubre de 2026
.
La exploración histórica que realiza Pinto en “Welserland” sitúa en la ocupación alemana de Venezuela (realizada mediante el acuerdo entre la familia Welser y Carlos V en 1527) la fundación de un orden (Capitalista-Fascista) que se ha mantenido vigente hasta la actualidad; podríamos considerar entonces el posterior devenir histórico del país como una continuidad de estas políticas de explotación, despojo y destrucción; esto parece sugerirnos un texto como “Fatherland” (“patria” en español): “La tierra tiene nombre de indio muerto. / El suelo se llama soldado muerto, político muerto, poeta muerto. / La tierra tiene nombre de batalla, de hazaña, de sitio, de tragedia. / A la tierra la cruza una culebra. Bosques secos, neuronas de borrachos. / Una culebra resuelta a patadas, a mosquete, a granada, a cañón. / El suelo tiene apellido de rico, tiene cruces, tiene monumentos. / Una culebra de petróleo seco. Una culebra de mil rayas blancas. / Un petroglifo lleno de bachacos.” (p. 43). La mirada del poeta aparecería, en ese sentido, obrando en términos benjaminianos: se trataría de “peinar la historia a contrapelo” para hacer surgir del pasado las operaciones materiales e ideológicas con que el Capital ha vertebrado el país (pero también a toda Latinoamérica), otorgándole un perfil determinado; varios de los poemas lidian, siguiendo esa línea, con episodios polémicos de la historia nacional o los transforman para darles un contenido abrasivo (“Der Uberlaufer”, “Hakenkreuz” y “Tiergarten”, en particular, en que se evidencia el pasado colonial venezolano y la influencia nazi durante el siglo XX que generó estereotipos racistas, ya presentes en la sociedad, pero agudizados por esta influencia: “me llaman mestizo & me maldicen” (p. 50).
.
Los rasgos ya señalados de este orden, son realzados mediante un estilo poético que apela a una frondosidad en el decir, por un lado, y a las expresiones cortantes, por otro (Giordana García nos lo plantea en el prólogo: “la poética de Pinto se define por una tensión fundamental que Néstor Perlongher, al cartografiar el neobarroso identificó como la dialéctica del “tajo / tatuaje”: esas “condiciones de la relación entre la lengua y el cuerpo, entre la inscripción y la carne”. Pinto transita entre ambos polos con maestría”, p. 7). Este vaivén otorga una fuerza malévola a las frases del libro, una impudicia que va muy de la mano con el vigor lacerante de la visión que el poeta tiene de su sociedad; para muestra, copio los versos de “Dernigga”, un texto en que parece reverberar la potencia del Gottfried Benn de Morgue y otros poemas: “Lucas es el negro, el desdichado. / Los tiros de los policías siempre caen sobre él. Siempre / condenado a reconstituirse para volver / a morir humillado, cacheteado, como los negros rapados con / máquinas entrando en fila a los penales. / Lucas el complejo de verse sucio. / Culpa de ser negro & blanco de burlas. / Su hediondo plumaje de zamuro. Desfigurado por la escopeta. / Lucas el luto petróleo maldito. Lucas, como quiero morir lamiendo.” (p. 58)
.
“Welserland” evidencia una oscuridad en la escritura que es, pienso, manifiestamente buscada; de ahí, entre otras cosas, la abundancia de palabras alemanas, que cierran el sentido del texto, que obligan a una búsqueda para decodificarlo. El libro se plantea, así, como una estela poblada de jeroglíficos que el lector debe atravesar para poder apreciar en su real magnitud el poderío del orden al que obedece, la extensión cada vez más amplia que aquel ocupa en nuestro devenir contemporáneo. Es por estas razones que “Welserland” se opaca hasta la penumbra y el abismo: porque, como en el caso del cuadrado negro sobre fondo blanco de Kasimir Malevich, hay que internarse por sus recovecos para entender qué hay detrás de tanta oscuridad.
.
.
.
.
![]()
.
.
Manuel Illanes /
Santiago, Chile, 1979. Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM. Ha publicado los libros de poesía Tarot de la carretera (Fuga, Santiago, Chile, 2009), Crónica de Tollan (Piedra de Sol, Santiago, Chile, 2012; La Ratona Cartonera, Cuernavaca, México, 2013), Memorias del inframundo (Mantra Ediciones, Ciudad de México, 2016), Paraíso inc. (Ediciones Ojo de Golondrina, Ciudad de México, 2018; Editorial Navaja, Iquique, Chile, 2021), Diario de la peste (G0 Ediciones, Santiago, Chile, 2019), Paisaje con ruinas (Gravity’s Rainbow, Ciudad de México, 2021) y Cascajo (Bonilla Artigas Editores, 2023, por el que recibió Mención Honorífica en el VII Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2022). También figuran poemas suyos en las antologías Chile mira a sus poetas (Pfeiffer, Santiago, Chile, 2015), Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (Aldus, Ciudad de México, 2016), Evocaciones de la Torre Latinoamericana (Sitges, Ciudad de México, 2021), La ciudad de los poemas. Muestrario poético de la Ciudad de México moderna (Ediciones del Lirio, Ciudad de México, 2021) y Si te labra prisión mi fantasía. Antología del I Encuentro de Poetas Iberoamericanos con sede en la Ciudad de México (Konesh, México, 2023).


