ESCRITURAS

Tres cuentos extraños

Arnaldo Jiménez

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Textos pertenecientes al libro En el temblor de la mirada y otros cuentos extraños, Premio nacional de narrativa, Solar 2026

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DESCONSTRUCCIÓN DE LA TELARAÑA

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Note los engrudos en las puntas, la cautela del esfuerzo, nótelo. Indague con una pinza esas peloticas anudadas, en realidad son tumores de tela enervados en pliegues de distintos colores. La sepia corresponde a una memoria de ventana, posiblemente una mirada que se recogió sobre sí y trazó una veta de álbum viejo. El punto incoloro que está situado en el espacio próximo posterior, es un polen universal constituido por la equivocación de las mariposas, el destello de las armas y la rasgadura de los clavos. Retírelo igualmente y trace un plano donde irá colocando su extravío, las raíces de lo oscuro, las palabras que le dedica a la nada que repara sus pasos. Vaya tomando nota de todo lo que encuentra, elabore un archivo donde irá ordenando los nombres de las piezas que va ir dislocando. La última capa del tumorcito tiene la misma esencia de la cebolla: una diminuta binza que hubiese devenido en tallo si no fuese por la perfecta envoltura que la araña le infringe durante cinco minutos. Los grumos–uñas están capacitados para detectar cualquier cambio de temperatura, por más mínimos y múltiples que sean. ¿Podrá apreciar allí alguna tibieza de luna? ¿La distracción del destino atrapado en pleno acto? Ubique en orden las hilachas de la tela, entienda que solo al quitar está colocando, y cada entrada es una esperanza y cada salida una duda que empieza a elevarse.

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Trate de obtener una serie de vasos de cristal con sus respectivas tapas. Colóquele etiquetas sujetas con cinta plástica. Identifique los frascos en la medida en que suelta los engranajes y desecha uno a uno los elementos que conforman la red.

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Una vez que tenga todo en orden comience a irse: intente desplegar los escasos instantes de calma, cuando la superficie se tiñe con el sueño de la continuidad. Libere los segmentos de la arquitectura arácnida donde el tallado del tiempo es un murmullo de burla. Desteje la madeja laberíntica plagada de exilios y heridas de casas.

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Hay líneas que parecieran haber salido de las manos, nada más falso que esta comparación. Las arañas no necesitan imitarnos. Sus venenos forman parte del sistema digestivo, no de alguna intriga o complot. Tenga cuidado con caer en la trampa de los falsos principios, ninguna de esas líneas termina –ya estén rotas por alguna eventualidad no prevista por la visión del movimiento que poseen las arañas o estén unidas a otras por pequeños radios, obsidianas o sinalefas–; ninguna tiene un final, por tanto, nunca han comenzado. Sin embargo, es conveniente que las manipule para que tenga una idea de sus consistencias, de sus resistencias: sométalas a estiramientos de guerras, ladridos de absurdos, miradas de ángeles caídos, embestidas de vientos. Escriba los efectos en la posibilidad de hallar otra transparencia.

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Las cuerdas cortas reciben el nombre de líneas–puentes, son las que generan la sensación de que existe un camino que, obviamente es ilusorio. Si se deja ir por ellas para proseguir un curso determinado de desconstrucción no sabrá con certeza si en verdad va o regresa. En algún momento puede sentir que su cuerpo marcha en las dos direcciones al mismo tiempo. Lo más elaborado —tomando en cuenta la cartografía de las sensaciones a larga distancia—, lo más equilibrado, perfectamente trazado siguiendo un meticuloso plan de tejidos, bordados continuos de rombos, círculos, paralelepípedos, rectángulos, cuadraturas flexibles y trapecios circenses, guarda un punto de fuga para los límites, guarda una hiedra débil y monótona capaz de condenarse a sí misma a la noche continua; ¿pueden sus manos proseguir el recorrido moviéndose como dos arañas torpes que nunca saben reparar los daños que causan?

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Es conveniente no olvidar el orden de los registros y la conservación de las piezas desmanteladas. Ya sabe que en la telaraña no es posible la existencia de alguna dirección. Todo en ella es centro y, cuando el centro lo es todo, no existe ni el fin ni el comienzo. Vista en su totalidad, la fragilidad de la tela es una trampa para que en ella surja la muerte, que dejará de ser un aullido fuera del alma y por fin nos ofrecerá su silencio. Las rayas con formas de olas hamaquean y tienden conexiones y dibujan un movimiento de desamparo: en un extremo se acosa la felicidad, el otro trastoca la felicidad en desafío y allí se confiesa la amenaza. Los hilos que se extienden hacia abajo tejen un precipicio que suprime la superficie de los círculos y el susto deja de ser una sobrecarga; allí el murmullo de las conspiraciones y la seducción de lo que puede llegar a suceder.

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Ahora bien, si ve la arquitectura plana de arriba hacia abajo, solo podrá contemplar líneas de fuego dispersas en abanicos; en sentido lateral y hacia arriba, se forja un espejismo de arbitrariedad y el cielo yace en el fondo. Es decir: si la muerte únicamente fuese un asunto individual, al comprender la multiplicación del latido y el grito común que nos une, usted se dará cuenta de que la tela es una memoria de la desaparición, un registro de todas las formas de irnos. Nada más puede interceptar las imágenes falsas que la tela muestra como esencia; así, con esa ceguera, ya forma parte de la red, al ir deshaciéndola usted ha quedado atrapado en el núcleo del tiempo: la ilusión, la nada, el vacío.

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La unión de dos líneas–olas da origen a las líneas–abanicos. Estas últimas se van plegando hacia abajo, en ese momento se llamarían: fibras de abismos o simplemente peldaños de aire. Estas cuerdas continúan su descenso hasta que parecieran culminar en los nódulos de encaje o grumos–uñas, las cuales tienen como finalidad darle continuidad al dédalo arácnido hacia los quicios, rincones, techos, ramas, flores, etc. Pero las líneas–abanicos se reparten por todas partes; si columbra la arquitectura plana de abajo hacia arriba, podría divisar filamentos en oleajes. En sentido recto y hacia abajo, se les conoce como lajas de certezas. Esto le añade una dificultad a la hora de especificar las partes, de clasificarlas: ¿en cuál de los vasos de cristal guardará las cuerdas? Debemos explicarle: una vez extraídos de su modo de acontecer (convertidos en muestra), los múltiples hilos de la red se comportan de manera diferente, desdibujándose según los caprichos del observador. Sigamos: ¿cómo identificaría esos recipientes?, ¿siguiendo cuál nomenclatura? ¿Escribiría acaso en uno de ellos: línea–ola sabiendo que al mismo tiempo está incluyendo las líneas–abanicos y las líneas–puentes? Y si lo hiciese así, solo podría introducir en el recipiente una sola de ellas (lo cual ofrece resistencia para ser descrita) porque al incluir dos, esto las transformaría inmediatamente en otra. De esta manera estaría usted multiplicando los vasos según las infinitas combinaciones de los hilos, las cuales podrían ofrecer derivaciones y denominaciones no estudiadas por nosotros.

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Usted es libre de desandar el laberinto. Ya debe haber entendido la imposibilidad de comprensión que le es esencial a la tela. Si siente que se mueve sin ir ni venir, comprenda que se trata del movimiento de la caída, es lo único que puede ocurrir; caer, solo caer. Ya no puede retornar, la periferia no existe. Todo es centro.

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AUTOPSIA DE UNA COCINA

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Dos menos cuarenta de la madrugada. Podría haber una María en baño de eternidad. Mascarillas bordean viejas alacenas. Maletas de viajes con animales que se devolvieron buscando el rastro del cariño. Fuerte olor a desapego, en la grasa encontramos vestigios de aburrimientos. Canciones que correspondían a un jueves por la tarde. Ninguna caída de horno. Ningún bostezo de humo. Marco continente de restos de comidas, roedores disecados. Frialdad repentina en las hornillas. La fuerza de la mudanza, ese viento de quien se va, lo encontramos en las últimas circulaciones de la voz por encima del fuego. Alguien limpió sus anteojos, se consiguió con un aroma a cilantro a punto de caer. Cincel, separadores, cuchillo de amputación, esterilidad, agua. Derivar la ruta de las rutinas. Los aparejos de la flexibilidad tanto torácica como abdominal no acusan un deterioro de magnitud suficiente que les hiciera sucumbir al filo del desuso, de la desidia de las llamas que aún no ha flameado. Firma de la familia. Desmarcar la marca de origen. Realizar énfasis en lo blanco. Sierra vibratoria.

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Tres más diez minutos de la madrugada. La cocina emanó un leve aroma a café. Se descarta expiración forzosa inducida por conductores de cobre atascados en la refracción de las ceremonias. La bombona de gas lucía su carcomido amarillo en la más naufragante de las calmas. Autorización para su traslado. Recogimos un fragmento de realidad con altos niveles de azúcar; fuimos hurgando en cada órgano los ritos que sostuvieron la transparencia de un nombre; en el asa, un puñado de huellas, las estelas de la sed. Nada de exceso de humo en los quemadores o en las válvulas. Revisamos las paredes alrededor de la última posición de la difunta: en la fibra de vidrio había rastros de antiguas disecciones, extrajimos la parrilla en donde ningún cordero fue anunciado en su impostura, solo la absolución de las fechas que acogieron los sacrificios.

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Camilla hidráulica, altivez de frente donde un reloj se detuvo. Encaje de historia culinaria por la ranura de la tostadora. Nivel de colesterol en la superficie interna, valores de glicemia en el respaldar, asa de horno, rincones, empalmes de tubería. Recoger muestras de exceso de humo en ollas, sartenes… Se revisaron las paredes situadas alrededor de la difunta en los últimos dos años. No pudimos anotar el aroma de las cuatro de la mañana. Confusiones varias. Hilo, aguja, grapas. Corte de abajo hacia arriba, clavijas donde irían las clavículas, manubrio de esternón donde se encuentra la base de hornilla larga para tostadora. Cortamos los cartílagos costales, el salitre afloró, surgió un oleaje de pueblo sin luz, apreciamos grandes rumas de leñas recostadas de algo así como una tristeza; separamos, con mucho esfuerzo, la sombra de brazos, las manchas de manos que la limpiaron casi a diario. Abolladura en el costado izquierdo, se presume perteneciente a ausencia femenina de ochenta años. Desencajamos los amaneceres, un brillo irradiado de adentro del horno como si el cadáver hubiese tomado todas las luces para convertirlas en su última exquisitez. Verificamos el origen de los líquidos encontrados. Ojos, fosas nasales, tos, cabello recién humedecidos. Decidimos que era imposible la vida de todos los enseres de cocina sin la utilidad del fuego controlado, la tibia bondad del cadáver.

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Al colocarla en posición decúbito supino, un fogón construido con arcilla se vio sobre la duramadre. Una lluvia inició su golpeteo contra el zinc de un techo, una cocinita de querosén era el alma de la casa. Todos se refugiaban en ella, casi hilvanaban ese calor a sus telas, a sus pieles.

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Es preciso decir que había muchas conversaciones, que una travesía de humo de cigarrillo se podía ver al trasluz del vidrio del horno. Confirmamos el fenecimiento de la cocina, solo porque al lado se dedujeron otros olvidos: se sabe de nudillos con artritis de ternura, se sabe que los restos de desayunos se apelmazaron unos sobre otros, queriendo detener algo del sabor de los días. A tan solo veinte centímetros de la puerta delantera se puede sentir la temperatura de los presentimientos, las cavilaciones rayadas sobre la dureza de los problemas.

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Algo indecible hierve aún. Se tiene un menú suspendido en enero, una desaparición de dietas, una carencia de las lentejas sonando en la olla, ese tintinear que abría la sonrisa; la sonrisa: un riego de helechos por las manos de la lluvia.

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Intentamos reconstruir el cadáver de la cocina, fue imposible. Había demasiados latidos dispersos por la condena de las distancias. Nada que rellenar, un exceso de cosas la desbordan de adentro hacia fuera, nada que suturar. Los cortes no pertenecen a un objeto, a un espacio finito; se prolongan como una grieta de tiempo, una grieta de bulbos, raíces, almuerzos que se condimentan en el sonido de sus nombres; en el horno: ese dolor del porvenir esperando la levadura de un cuerpo.

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DISOLUCIÓN DE LA MÁSCARA

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Sáquela desde el fondo de los baúles, el mareo de los armarios, la superficie insultante de los espejos. Aprecie la intermitencia del caos, del sentido. Lea el suspenso de la nada en los ojos, las noticias atrapadas en la escucha. Revise el cráter del sueño donde pulsaba el vaivén del albedrío: allí el silencio compuso una expectativa de hoguera. Registre la última voz en el cajón del disimulo. Véase sin reflejo, en un círculo lleno de huecos, una expectativa llameante. Vierta eso en un recipiente donde no sea posible el salto. Lo delicado de este procedimiento no es el líquido disolvente, sino la posibilidad latente de que la máscara irrumpa, lo contemple fijamente hasta que usted crea que se está mirando a sí mismo. Entonces ya no sabrá quién es ni cómo realizar las trampas que lo han mantenido oculto desde que comenzó a traficar con las palabras.

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Ya ha entrado a lo profundo, al abismo. Se ha ido por círculos continuos, por vértigos infames. Ha visto los límites, esas risas que apremian, ese silencio que persigue. Escuchó el gemido de mujer, se dilató en el centro de la respiración, del estallido del instante cuando una materia moldea el cobijo nocturno para desechar la confesión. Muy bien; sujete firmemente el rostro, aún no es tiempo de sumergirlo en la solución disolvente. Es conveniente que levante de nuevo sus gestos, los que ha visto que se van con los reflejos del día, con el polvo de las noches. Rehaga esos visajes, póngalos en vilo, en marcos de ventanas, en espesuras de retratos. Remonte sin compasión las infinitas ranuras del semblante; recórralas, ámelas, abra su solitaria transparencia, su conjuro de opacidad viscosa. Nómbrela, bautícela con agua de lluvia, con talco de duermevela. Sienta su densidad, compárela con el regreso de los trenes, las preguntas que duermen en los armarios, con los zumbidos de las abejas en las mañanas.

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Le pregunto: ¿acaso no ve la semejanza? ¿No ve su intacta declinación? Pues bien, tome entonces el líquido disolvente, coloque el recipiente de porcelana dentro de otro que lo pueda albergar, evite que las gotas de la sustancia química le salpiquen. Comience a verter el líquido sobre la máscara. En seguida surgirá la sombra, se elevará delante de usted, mirará al fondo de su tristeza; por momentos se verá impedido de seguir, sentirá que ese sentimiento se le perderá como una huella indeleble en medio de una tormenta; no se niegue a seguir, es solo una perturbación transitoria, la máscara le hará creer en las pérdidas, pero no hay nada que perder, por tanto, tampoco que ganar. Por momentos sentirá que se exilia el dolor, así entenderá la importancia de las superficies en el alojo de la plenitud. Luego eche el líquido sobre los bordes de la incertidumbre, por las hendijas donde la pasión dejó sus rastros, observe cómo los recuerdos se tornan burbujas de esfinge; rasgue el tapiz de su desierto, los comienzos de la exactitud, rasgue las pinceladas de sus evasiones, en ese instante verá emerger los insomnios, esos fogonazos de pálpitos que revelaron verdades, sospechas de errores que instalan fracturas de destinos trazando cicatrices con las figuras de los humitos temblorosos de las velas.

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Empuje los muñecos que se pondrán de pie delante de usted, espiando, oliendo sus tormentos, sus alegrías, los colores de su ropa. Eche el líquido sobre la nariz erecta, la boca perpleja de designios, de secretos; vierta, observe bien cómo giran en vientres promiscuos, en apoyos de recuerdos que se tornan harina halada por el mar. Inclínese, comienza formarse la desmemoria, comienza a cobrar forma el tiempo en el que no es, las horas que lo niegan, que le hacen ver la vida más pequeña de lo que realmente es. Se estremece la máscara, se contiene, se suelta. Se amontona la máscara, se le cortan los tentáculos, los brillos, las burlas; ya solo queda el líquido como un agua transparente en donde vuelve a surgir su propio rostro retándolo al sacrificio.

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Arnaldo Jiménez /

La Guaira, 1963; reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación en la especialidad de Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo. Ha recibido variados galardones por su trabajo literario, entre los que destacan: Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005),obtuvo dos Premios nacionales del Libro Región Centro Occidental por “El silencio del agua y “La honda superficie de los espejos” (2008), Orden Juan Antonio Segrestaa (2008), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefanía Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015). En poesía, ha publicado, entre otros: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. En Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012). En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).

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Fotografía: Francisco Delgado Bravo
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