ESCRITURAS

Copia padre muerte

Diana Moncada

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Subestiman a la prosa. La prosa diaria. La diminuta. La que dios no es capaz de ver.

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El apellido es un instrumento. Recluta dentro de sí algo que no le pertenece. Pero él cree como un devoto que es dueño de algo. Como un padre.

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Los entornos positivos llenan la habitación de palabras mediocres. Repetidas hasta morder, clavan el diente más bajo:

—Señorita, no están permitidas las mascotas.

—Es mi padre. Traigan a un traductor.

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Cuando una cabeza expone su matriz se agotan los correos, la bolsa cae, el dólar se dispara y las actrices reparan sus escenas con tal de no ver a un padre más en este salón.

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Si la copia puede, el padre ya no es necesario.

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La vida concreta de lo estándar. Su razonamiento sosegado. El movimiento dócil de sus autopistas. El reparto que tiene que abdicar para demostrar ciertas hipótesis. Hay una impresión de lo copiado que me hace pensar que hay deseo en ser contenedor. Un eros del copiar que se pierde entre los papeles de las bibliotecas. —Directo al plato, te doy de comer y no perdono.

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15 pisos de noche. Horas que encaminan la coartada. De noche brilla el pegamento que nos hace reír. Y un pequeño mar flotando sobre mí. Animando su hondura. Deseando lo que no.

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La noche de verano dura invariablemente. La vida de las especies se disimula sobre la tierra y aparece el señor. Escuchemos lo que tiene que decir:

— …

— ¿Acaso todavía tiene algo que decir? ¿No creen que ya fue suficiente? ¿No es momento de que el señor cierre el pico y se vaya? De verdad, es la noche el verano del señor y la escena queda grande para tanta inercia. Es la inercia la más estúpida. Pero en cierta forma la más presente emoción. Lo condensa todo y lo hace quedarse. Y eso —contener— tiene una razón especial e inimitable. O tan imitable que todo es lo mismo sin necesidad de dar explicaciones.

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El declive del padre es el ascenso de la copia.

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La copia es siniestra y debe decir no.

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Cuando puse mi dedo en el lector, los objetos vinieron a mí y me sometieron.

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Las personalidades están muertas y anochecen de vacías. ¿Quién soy yo para decirte qué pero sobre todo quién eres tú? Más atrás de las estanterías está mi padre. Cópialo hasta la abundancia. Reproduce la superficie de su rostro y tiembla de ira y de persuasión por todas las vallas publicitarias erigidas en su día. Dios tiembla de miedo ante las vallas que copian su nombre. —Pero tú no puedes decidir. Tú no existes.

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El objeto de saber tu nombre. Hacer con él un juguete. Minimizar los riesgos. Amanecer en otra costa, en otra clase, en las faldas de un barrio X. Un nombre asiste a la reverberación. Aquello que duele y aquello que duerme en el poema de al lado. Siempre tan inocente y ridículo. Demostrando lo aplastante de ciertas verdades anodinas que derraman sobre sí las promesas que ya nadie cree. —Qué insoportable es el poema, por favor, sáquenlo de aquí.

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Semana santa es mi todo. Destreza ante las atrocidades. Dominio de todas las lenguas. De santa lo tengo todo. No hay nada que me haga pensar que no soy una virgen.

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Que de un padre noble y bueno nazca un hijo de similares características —y digo hijo para que uno anule al otro y en semejante reproducción pueda la luz hacer algo más digno que aparecer.

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El padre desencadena la humillación de la copia. La copia envenena el resultado.

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– ¿Es mi padre un anzuelo?

– No entiendo. ¿Es tu padre o no?

– No, es mi amante.

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Dios, cópiame, hazme santa.

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Copiar a dios todo el día hasta que el sol se borre.

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Diana Moncada /

Poeta y diseñadora nacida en Caracas, Venezuela. Autora de los poemarios Cuerpo crepuscular (ganador del Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores en 2013), Objeto distante (2022) y Copia padre muerte (2026). Escribe ensayos sobre moda e historia de la indumentaria en su substack About what? Co-dirige el sello independiente 2 veces editores.

El dibujo aparece en el libro y es una copia minuciosa y maniática, que la autora hizo de otro dibujo.
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