Josu Landa
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Este volumen, Peajes de la crítica latinoamericana, el más reciente de los publicados por el avezado crítico ecuatoriano-estadounidense Wilfrido H. Corral, puede ser apreciado como un severo, impío, patrullaje —este símil le place sobremanera al autor— por los fragosos dominios de los estudios críticos en punto a literatura contemporánea en América. Por eso opera, también, como acre estado de la cuestión con el que actualiza los que, de similar manera, ha ofrecido bajo títulos como El error del acierto, Cartografía occidental de la novela hispanoamericana, Condición crítica y otros, aparte de la epatante selección de impugnaciones al género reunidas, junto con Daphne Patai, en Theory’s Empire: An Anthology of Dissent., hace ya casi una década.
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Nada sobra en este libro y todas las partes de que consta prodigan duraderos y amplios beneficios intelectuales: su extensa y enjundiosa introducción, el prólogo a cuatro manos (con la mencionada Daphne Patai), los trece capítulos repartidos en tres secciones (“Amortizar y solventar”, “Sin peaje: cuatro críticos sui generis”, “Los novelistas como críticos”, el epílogo en que el autor columbra “una crítica iberoamericana renovada” y aun el lacónico aparte “Balance y liquidación”. A eso se le agrega una nutrida bibliografía —en sí misma una cartografía del campo crítico y una prueba de la pulsión dialógica de Corral— y un útil y orientador índice onomástico y temático.
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Una mirada sinóptica de Peajes de la crítica… pone al lector ante la posibilidad de caracterizar el bosque de los estudios literarios en el continente, a partir de algunos de sus árboles señeros aun cuando esta contribución específica se aprecie con más nitidez e intensidad en la introducción y el prólogo, donde el rigor analítico no abruma ni pecha al academicismo. Esto confiere utilidad al libro, tanto de cara al lector especializado como al que se acerque a sus páginas movido por el simple interés de ilustrarse.
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A su vez, la consideración de este libro de consuno con el resto de los que Corral ha publicado hasta ahora permite advertir la formación progresiva de una summa de la crítica contemporánea: un fruto que solo ha podido lograrse a partir de una esmerada dedicación al tema durante décadas, de una potente voluntad crítica y de un fino e insobornable sentido judicativo, cimentados ambos en una oceánica cultura literaria y en una honda familiaridad con las teorías operantes en el campo crítico. Estos atributos del autor explican los de su obra, entre los que resaltan el estudio exhaustivo de los escritores que pondera; el análisis a la vez incisivo y honrado de los dogmas con que muchos críticos profesionales pretenden fundar sus dictámenes, a falta de sensibilidad y perspicacia exegética; la denuncia insistente de los multiformes peajes que pagan algunos de ellos en el ejercicio de su labor; la reivindicación de los grandes exponentes de la tradición crítica (Auerbach, Rodríguez Monegal, Ángel Rama, Henríquez Ureña y otros) a la par de quienes encarnan una justa y necesaria renovación en la materia (Christopher Domínguez Michael, Patricio Pron, Alejandro Zambra, Enrique Serna et al.); la recusación al servilismo sucursalero ante la academia anglosajona (v., por caso, la p. 64); la impugnación a un tiempo racional y pasional del canon implícito de la crítica y la postulación discreta del que pudiese suplantarlo; la contestación sin tregua al “pensamiento único” —también al “débil”, como se sabe de estirpe vattimiana (p. 15)—; el recurso al diálogo interestético con la intención de abrir derroteros más fiables en este terreno y más.
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Las contribuciones teórico-críticas de este libro de Corral se hallan en sus dos grandes componentes: el de carácter impugnador y el de cariz propositivo. El primero atraviesa todo el libro y en él se enmarca la objeción más visible a la crítica comúnmente ejercida: la de la raigal ancilaridad de esta y que en los hechos fluye según una variada gama de “peajes” a factores extra-literarios. El segundo tiende a concentrarse en la parte final del volumen, aunque impregna de manera implícita el conjunto de su corpus.
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CRÍTICA DE LA CRÍTICA REALMENTE EXISTENTE
Aunque lo exprese con palabras diferentes a estas, Wilfrido H. Corral tiene conciencia de una suerte de desnaturalización de la crítica literaria en el presente (y desde hace mucho tiempo). Es decir: el autor de Peajes… da claras muestras de saber que el sentido de la crítica como proceso dirigido a ponderar el valor y la condición genuinamente literarias, artísticas, de las obras propuestas como tales a su comunidad de referencia se ha trocado en discurso ancilar, en última instancia, extra-literario.
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Esa es la imputación esencial de este libro de Corral. En la raíz de ese fenómeno, hay toda una historia que aun no ha sido escrita de manera sistemática y que sería excesivo pergeñar y aun intentar en estas páginas. La noción de “peaje” es el ariete primordial de la crítica corraliana de la crítica realmente existente, lo que justifica que líneas abajo se le dedique un análisis específico, acorde con esa relevancia.
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Ahora bien, esa falla central en el campo crítico —el multicitado “peaje”— se ramifica en síntomas colaterales, induciendo a pensar en tendencias y situaciones que potencian y exacerban un extendido y hondo malestar entre quienes encarnan un genuino espíritu crítico. Expresiones corralianas más puntuales, como “infelicidad interpretativa” (p. 33), lucen asimilables a esa percepción general. Ya cansa y harta la absolutización del especialismo y su proyección en un hipercriticismo desconectado de la vida real y en snobismos como el que Corral denomina “hablar en difícil”. El sentido radical de la crítica literaria no autoriza a convertirla en un campo de batalla, pero es justo eso lo que ha llegado a ser a instancias de un artificioso encastillamiento para-corporativo, en buena medida cimentado en los veleidosos y dogmáticos repertorios de valores que ‘naturalizan’ la ancilaridad de la crítica realmente existente.
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Hay diversos núcleos en esa axiología que ostende, a la vez, una dimensión estética y otra de cariz político-moral. Bastará con mencionar, como muestra mínimamente representativa de la primera, la idealización de la (mal) llamada “teoría literaria” y la instrumentalización de esta como recurso de judicación fácil, ajeno a la reflexión, al análisis autónomo. Se adscriben a la segunda, las proteicas modificaciones del antañón compromiso social e ideológico, las glorificaciones de La Diferencia en sí, la adopción automática —pero no por ello menos forzada e inquisitorial, en muchos casos—, de ciertas determinaciones de género, los caprichos autoritarios de La Cancelación, las verdades sagradas de proyectos de redención de humanidad, en reciclaje constante del prestigio que adquirieron en el siglo XIX… en fin: toda una ristra de prejuicios y procederes acríticamente sobrelegitimada por sus propios practicantes —entre ellos “el mal crítico académico” (p. 13)—, en reiterada predisposición a ‘okupar’ el campo literario y artístico.
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MICROLOGÍA DEL PEAJE (ANTI)CRÍTICO
Wilfrido Corral se vale de la voz ‘peaje’ para impugnar los procederes de la crítica efectivamente existente. Se entiende que se trata de la proyección simbólica del acto de pagar un tributo a cambio del derecho a transitar por una vía bajo control privado o público o para hacer uso de determinada infraestructura particular u oficial. Tal clase de cuota se tasa en cierta cantidad de dinero.
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La noción de ‘peaje’ proyectada en los dominios de la crítica literaria implica la conjunción de, al menos, tres movimientos: la colocación del ejercicio crítico en el terreno de la ancilaridad, el consiguiente acto de sufragar el correspondiente portazgo de manera simbólica, no con dinero sonante ni virtual, y la incursión vigilada y controlada —justo el ‘derecho’ adquirido al pagar la cuota referida— en el coto de un modo específico del logos, un orden diferenciado del discurso, en suma: una racionalidad concreta, que bien puede designarse con el término de ‘razón crítica’ y que se abordará más adelante.
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En general, pagar tributo es un avatar del “impuesto al valor añadido” (p. 133) y, sobre todo, una forma de servidumbre: una renuncia controlada a parte del poder, la libertad y la identidad ético-ideológica propias, a cambio de un bien deseado. El crítico obedece a una voluntad crítica que se topa con la obstancia de un orden del discurso ya constituido. Una de las tarifas que paga el aspirante a crítico —hombre o mujer— tiene la forma de afanes en pos del reconocimiento de quienes, con base en determinados factores y efectos de poder, copan y dinamizan el campo crítico: allí donde impera la razón crítica. En principio, no hay nada moral o políticamente objetable en ese proceso visto en abstracto. Las impugnaciones surgen cuando se evalúan los modos y alcances de esa inserción en el referido espacio y se detectan renuncias oportunistas y dogmáticas a la autonomía judicativa y se le da pábulo a un servilismo (ancilaridad) frontalmente reñido con el espíritu crítico.
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Peajes de la crítica latinoamericana de Wilfrido H. Corral (Punto de vista, 2023)
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Es justo esa evaluación la que hace Wilfrido Corral en este libro y cuyos resultados puntuales resaltan como vistosas gemas en decenas de sus páginas. Para el autor, pagar peaje significa “capitular o someterse ante otros” en el ejercicio del análisis literario (p. 83). En la obra de Corral, esa peculiar tributación puede llegar a llamarse —como sucede en muchos pasajes de su obra— “venias”, es decir, modos de genuflexión no siempre tan simbólicas. Porque también hay que tener en cuenta la variedad de agentes o entidades a quienes se pueden sufragar cuotas: desde el medio académico —donde se ha impuesto la “trinidad académica de sexo, raza y clase” (p. 233), los intereses de la industria editorial, las nuevas tecnologías y más… hasta llegar, por ejemplo, a “temas de [la] propia sexualidad” (p. 126) o a quienes regentan los niveles del caso en la ruta de ascensión (Cf. p. 128) hacia un reconocimiento canonizante, en realidad, comprado. Y esto es algo que cuenta con un hábitat propiciatorio. Ciertamente, denuncia Corral, “la critica que paga los tipos de peajes que he examinado depende de un consenso social compuesto de consentimientos tácitos…” (p, 359) Y esto puede conectar con situaciones como la existencia de clubes de críticos cuyos miembros “han pagado los mismos peajes” (p. 132). Pero sería injusto, aparte de inexacto, preterir la existencia de “críticos sui generis”, como Christopher Domínguez Michael, César Aira, A. O. Scott… que no pagan tasa alguna y a quienes Corral —que, por cierto, es parte de esa nómina, como lo demuestra toda su labor en este campo— dedica toda la sección segunda de su obra.
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Habría que ver hasta qué punto es pertinente la hipótesis de que las falencias que Wilfrido Corral y otros críticos detectan en la crítica literaria en curso podrían tener una relación significativa con la calidad de las obras que evalúan. Sería insensato y falaz negar la existencia de novelistas y demás poetas de la narración dignos de la máxima estima. Sin embargo, es manifiesta la exagerada proliferación cuasi monopólica de una pseudoliteratura decadente —en el plano estético—que copa la industria y el mercado editoriales. Este hecho —al que Corral se asoma sin ambages cuando, por caso, escruta las entrañas de la “Generación Me gusta”— justifica la conjetura de sentido heurístico de que a una literatura en decadencia puede estar acompañando como sombra una crítica idem.
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ENTRE LA PARRESÍA Y UN IDEAL DE LA CRÍTICA
La revisión del campo crítico emprendida por Corral —tan abarcante como puntual— responde a una voluntad de verdad con la que se aviene cierta severidad parrésica, que implícitamente abre cauce a un éthos de la crítica literaria.
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El simple hecho de que Corral, en general, comulgue con críticos indómitos y pungentes, como Christopher Domínguez Michael, A. O. Scott, Ignacio Echeverría y otros de pareja catadura, es significativo en grado sumo. Lo es, también, que blasone su veneración por escritores igual de admirables en su creatividad narrativa que en su praxis crítica, como José Balza, César Aira, Enrique Serna (Lupe Rumazo, a quien Corral nombra varias veces, podría haber figurado en ese apartado). Lo mismo cabe decir de su loanza, como se ha visto, de un grupo de “críticos sin peaje” y de que siga de cerca, con incondicional deferencia, a autores tan lejanos en el tiempo y los afectos a las secuelas del boom latinoamericano como Leonardo Valencia, Marcela Croce, los ya mencionados Alejandro Zambra, Patricio Pron y otros. Esas referencias decisivas en la labor crítico-teórica de Corral no menoscaban otras de procedencia diversa como la de Jean Franco, Beatriz Sarlo y Rosalba Campra, por caso. Y ni se diga —aunque brillen en el libro de manera bastante soterrada— las de los “monumentales” Benedetto Croce, Erich Auerbach, Guillermo de Torre, Eduard Said, Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Mario Vargas Llosa y otros igual de “indispensables”. Aunque —también hay que decirlo— esas improntas no se traducen en algo como una nostalgia obsecuente por sus personalidades y/o sus obras.
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La impugnación de la crítica normalmente operante impele a pensar en su porvenir y prefigura en algún grado, de manera implícita, una opción nueva: un modo más idóneo de ejercicio de la crisis. El hecho de que este ingrediente del libro de Corral no se presente de manera sistemática —es decir, de que refulja al modo de chispazos dispersos en sus páginas— no niega su efectiva presencia ni la valía y agudeza de su función en la crítica corraliana de la crítica. Abundan, en Peajes…, los ejemplos en abono de esta consignación, como cuando se reivindica “descolonizar la mente [de la fofa y ñoña comunidad literaria del presente, se presume] y la autocrítica es una parte esencial de esa progresión (p. 105)”. Esa aspiración se proyecta como ratificación de la apuesta por “una crítica literaria latinoamericana” (p. 17) ya presente en obras anteriores del autor, sin menoscabo de la sintonía con el reclamo de una “crítica sin fronteras” de Enrique Serna (p. 265). En ese curso de reflexión, no causará extrañeza la exigencia corraliana de abolir los peajes que, por medios sutiles o coercitivos impone a los del oficio la racionalidad crítica imperante en el campo literario (p. 83), junto con su respaldo a lo que denomina “peaje positivo”, que viene a ser “la experiencia” como dotación de “las usanzas estéticas” resultantes de “de lo que uno saca de ellas como de lo que uno lleva de ellas (p. 81)”. En fin: en el último párrafo del libro yace un par de líneas que, a propósito de la peor de las genuflexiones impugnadas por Corral, la de cariz dogmático, representan su constante vaivén entre el ser y el deber ser: “No se debe aceptar que nuestros antípodas ideológicos, fetichismos o novedades dicten el trabajo crítico (p. 360)”. Y aun cuando, en el ejercicio riguroso de su labor trata de tomar una sensata distancia respecto de su objeto de judicación, dado el caso, no se priva de admitir con honestidad su militancia en un “liberalismo desesperanzado” (p. 15), que —de más está decirlo— no interfiere en sus veredictos.
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No ha de extrañar que la perseverante crítica corraliana de la crítica derive en una configuración ideal de la disciplina. Si el ‘ser’ de esta no sirve ni place, se impone pensar en un deber ser ideal, lo cual implica asumir un éthos específico de la crisis. En Peajes… son frecuentes las alusiones a un éthos de la crítica y se presentan en modulaciones diversas. Por ejemplo, a comienzos del libro, el autor se hace cargo de las confusas tribulaciones de doctrinas filosóficas, tesis psíquicas, dogmas solo pertinentes en el colorido activismo político-social y demás emanaciones de una “razón arrogante”, desbocada hasta el extremo de la más ingenua autonegación, a manos de críticos con pretensiones de “teóricos” —lo que sea que signifique aquí esa condición—. En esto, como en otros asuntos, Corral no se anda con medias tintas y conviene escuchar su admonición completa. A partir de la juiciosa premisa de que los filosofemas y teoremas en circulación sirven para apoyar a quien piensa con criterio autónomo, no para ser ‘aplicados’ como meras peticiones de principio ni como perdigones o “minas anticolegas”, denuncia que con tales “querellas se tiende a concebir tres cosas con la teoría: 1) anatematizar aquella que no se lee por prejuicios ideológicos, 2) “mostrar que la autocrítica no es la primera virtud de la implacable producción de los últimos gritos teórico-críticos ocasionada por la inflación editorial y 3) confundir teoría con crítica (p. 19)”. Esto es solo una muestra. Peajes… alberga decenas de imputaciones análogas, aunque capítulos como el 14, “La difícil marca crítica institucional y el ‘angloglobalismo’” (p. 101 y ss.) pueden destacar por su prominente representatividad.
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Es claro que la ‘crítica ideal’ corraliana comporta una “ética interpretativa” (p. 18). Un recorrido atento por las páginas de Peajes… se traduce en la figuración de un éthos —asistemático pero sustancioso— del ejercicio crítico, porque permite ir integrando una ristra de pasajes que a la postre forman un todo: una unidad de sentido. En la p. 81, por caso, Corral aboga por virtudes como “independencia ética, responsabilidad por lo que se hace, decidir por uno mismo, confiar en el criterio propio” (p. 81), a título de bases de la crisis más estimable. En la 353, incluye sin ambages la deriva de su pulsión judicativa impugnadora sobre la crítica realmente existente como valor insoslayable: “Criticar al crítico severamente puede ser efectivo, aun cuando no le parezca constructiva […] porque ayuda a que progrese el campo que en principio se comparte con la meta de mejorarlo o mantener una ética transparente. […] La clave está en que la evaluación rigurosa construya un diálogo confiable en que todo crítico sensato y sensible sepa que los comentarios son sobre la obra, no acerca de la persona…” Por su parte, en la p. 239, el autor enlista como de soslayo los que tiene por “estándares intelectuales universalmente aceptados para la crítica actual”, a saber: “la amplitud, claridad, exactitud, imparcialidad o justicia lógica, profundidad, pertinencia y precisión”. Además, en esa relación de prendas de tonalidad prescriptiva caben otras, como la “cordura interpretativa” encarnada, según Corral, por colegas como Christopher Domínguez Michael. Se trata de unos cuantos ejemplos que, en verdad, permiten hacerse una idea de la tesis por la que propugna el autor en este terreno del deber ser crítico. Su probada representatividad nos ahorra registrar aquí la extensa copia de aseveraciones similares presentes a lo largo del libro.
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HACIA UNA ‘CRÍTICA DE LA RAZÓN CRÍTICA’
Desde su constatación de que existe una crisis de la crítica (v., p. e., pp. 12 y 13) y a partir de los señalamientos precisos que fundan ese diagnóstico, Wilfrido H. Corral se esmera, en este libro —también en los que le anteceden—, en adelantar los rasgos de un deber ser de la disciplina y la praxis que él mismo encarna, así como en figurar un desiderátum alterno, al tiempo que se aplica siquiera en pergeñar veredas que conduzcan al tópos de su realización. No hay nada moral ni teóricamente objetable en esa honesta aspiración. Al contrario, entiendo que estamos ante una contribución que invita a ir más allá: a considerar la posibilidad —que apenas se atisbará en estas líneas—de la crítica de un fenómeno que admite designarse con el término ‘razón crítica’.
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¿Qué significa, aquí, ‘razón crítica’? La reificación de un logos específico —un pensamiento y un discurso— cuyo fin esencial es la interpretación y judicación de obras artísticas —incluidas las literarias—. Ese proceso adquiere la condición de una ‘lógica’, una racionalidad diferenciada y autorreferencial, que se objetiva al punto de operar con independencia de las intenciones, expectativas y procederes de cada crítico particular, cuya libertad potencial termina siendo negada, absorbida, en función de intereses abstractos dominantes y de pretensión universal. La ‘razón crítica’ es la calcificación de la larga historia de labor realizada por muchas voluntades críticas singulares. Como todo proceso de petrificación, este también se da con silenciosa lentitud, sin saltos que alarmen incluso al ojo más aguzado que, cuando por fin se percata del fenómeno, constata asimismo que ya ha plagado todo el campo crítico.
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Wilfrido H. Corral
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El principio de sustanciación de la ‘razón crítica’ establecida en el campo literario radica —según los indicios a la vista— en la hýbris de una de las funciones inherentes al ejercicio crítico: los efectos de poder. La especialización enajenante, la academización extrema, las confusiones en el plano de los nexos entre la creación teórica y la labor de interpretación-judicación consustancial con la crisis, las ínfulas pontificales de muchos de sus cultores, el dócil acatamiento de los dictados de diversas ideologías y de la lógica del mercado, el constante y esmerado alejamiento con respecto a los lectores, la ‘piadosa’ obsecuencia ante los signos de la decadencia cultural, tanto en los predios de la producción como en el de la recepción literarias, y demás fenómenos colaterales forman el magma de una especie de ‘superestructura’ alejada de y aun opuesta al genuino sentido de la crítica literaria.
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De ser meridianamente cierto lo antedicho, la ‘razón crítica’ rebasa los límites de la crítica realmente existente. Llegado el momento, aquella se manifiesta por medio de esta y, por su parte, esta se sustenta, en algún grado —y, a veces, mal que le pese—, en aquella. Y es que la ‘razón crítica’ opera como la objetivación de la lógica interna a la que, en general, responde cada caso de crítica efectivamente ejercida. De ese modo, la ‘razón crítica’ alcanza una autonomía estructural, al tiempo que supera las singularidades de la labor de las personas consagradas a la crítica literaria y absorbe las intenciones, expectativas, políticas, planes y producciones de las entidades económicas y académicas implicadas, con sus particularidades, en la comunidad literaria y el campo crítico.
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El vocablo ‘razón’ es de una polisemia difícil de abarcar y abstrusa. Ello impone una estipulación de su significado. A ese respecto, será suficiente con advertir que en estas líneas opera, tanto como el nombre que designa la facultad de generar representaciones de pretensión universal como la voz que refiere el viejo logos fundante de lo real, en la medida en que lo estructura con base en el pensamiento, el lenguaje y los principios del ser y del conocer. Una y otra opción son indisociables, pero aun cuando la segunda es la primordial, sucede que la primera —la razón como facultad de abstraer las singularidades de las cosas del mundo— suele jugar, con frecuencia, a volar con supuesta independencia y efectiva ausencia de freno. Es esta razón engreída, obnubilada con su pretendida omnipotencia, la que denunciaron y trataron de contener los antiguos estoicos y escépticos y de la que se hace cargo Kant, milenios después, cuando había adquirido la densidad de lo que denominó “metafísica dogmática”.
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Esta micro-ficha de historia de la filosofía interesa, porque nos coloca ante la más fecunda contribución del pensador alemán: la crítica de la razón. Recordemos: ¿qué significa ‘critica’ en el discurso kantiano? No tanto la objeción, la impugnación, la diatriba, la contravención y todo lo que se les parezca, sino la asignación de límites a una razón humana que, con el tiempo, quería o creía volar como una paloma desbocada, en un espacio sideral carente de frenos, esto es: desprovisto de resistencias como la opuesta por la fuerza de gravedad.
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Esa conjunción de teoría y alegoría kantianas luce proyectable al campo crítico literario, si se asume que en su seno tenemos a una ‘razón crítica’ campando por su fueros. Aunque, de seguro habría que estudiar más el fenómeno, hoy en día, entre practicantes que proyectan una crítica tendenciosa desde instituciones afamadas y advenedizos con iniciativa y buscavidas —influencers— que aprovechan ciertos resquicios de la ‘razón crítica’ y se atreven a condicionar las necesidades de orientación estética de algunos públicos sin suficiente ilustración, se promueve una suerte de mucílago dóxico que desplaza con plena impunidad el ejercicio crítico mejor fundado. La propia plataforma superestructural, apoyada en medios de comunicación de potencia y alcances ilimitados, parece facilitar y estimular esa situación. Si finalmente tal acontecimiento es el caso, resulta que la crítica realmente existente solo podría salir de las penurias que Corral advierte en ella, mediante una operación teórica análoga a la emprendida por Kant de cara a la razón en general: una crítica de la ‘razón crítica’; vale decir: una reasignación de los límites racionales de la voluntad de juzgar, en sus modos complementarios: la interpretación y la judicación críticas —colateral a la Urteilskraft kantiana, en principio, más atenta a los juicios de gusto y sus opuestos—, junto con una refundación de su sentido.
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Aun cuando todo este asunto requiere desarrollos mucho más amplios que los contenibles en estas pocas páginas y de que habrían de resultar de una sostenida labor colectiva, a título de simple envite inicial, cabría examinar las raíces de la muy humana voluntad de juzgar, aplicada a la comprensión y judicación de lo poético —lo artístico—, en especial la literatura. Solo así podría pensarse en la reasignación de los límites apropiados de la labor crítica. Esto implicaría reabordar con nuevas intenciones las hipótesis que la ya larga historia de la crítica de la crítica ha venido formulando: ¿Es la crítica expresión de la general voluntad de dominio, por ejemplo, en términos de quien ‘sabe’ frente a quien ‘ignora’? ¿Es un avatar de la lucha económica y social entre clases? ¿Se debe a alguna oscura conexión entre poderes del Padre y contestación del hijo? ¿Es la respuesta a la necesidad de orientación estética que azuza a personas y grupos? ¿Es un modo más o menos digno y elevado de la “tradición de la ruptura” (O. Paz)? ¿Se trata de una secularizada expresión de profetismo —recordemos que, entre otras cosas, ‘profeta’ nombra a quien da un paso al frente para hablar, con frecuencia, de manera admonitoria en la cara de quien encarna un poder—? ¿Confirma una deriva de la interdevoración entre ‘caníbales exquisitos’? Etcétera.
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En cuanto a la parte del redimensionamiento del sentido de la función crítica baste, por el momento, con advertir que habrá de surgir de una revisión puntual y bien fundada de asuntos como el diálogo con el texto literario, los procedimientos para su interpretación teórica y vitalmente más estimable, los criterios y los pasos aptos para juzgarlo con fecundidad, los procesos y acciones que posibiliten una efectiva mediación entre la escritura y el público receptor, la función simbólica (el reencuentro de las partes separadas del sýmbolon) de la palabra con intención artística y la judicación crítica, la apuesta sin ambages por los valores estéticos de la obra, la conexión —más allá de todo atisbo de hýbris— entre el componente vital-emocional y el teórico en el proceso de comprensión y juicio, la composición de lugar en la comunidad literaria y el campo crítico, la postura adecuada ante intereses extraliterarios, la cohesión comunitaria con base en la catarsis creativa y crítica, la humanización del entorno cultural y el fortalecimiento de los dominios del espíritu por medio de una adecuada intención pedagógica, los vínculos entre actualidad y tradición críticas, los compromisos teórico-artísticos ante la decadencia cultural, los desafíos de la voluntad de dominio dentro y fuera de la literatura, el efecto de las nuevas tecnologías —señaladamente, la Inteligencia Artificial— en todos los elementos que integra el campo literario… y tantos otros temas de índole similar.
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En fin: tengamos siempre presente que, pese a la velocidad y magnitud de los procesos registrables en el despliegue actual de la ‘razón crítica’, la existencia misma de las artes literarias según compromisos insobornables con los más exigentes y estimables valores estéticos solo podrá sostenerse y continuar en el tiempo, con base en una interpretación y una judicación críticas de análoga cabalidad. Sin crítica genuina no hay arte. Es imperativo seguir en la senda que alumbra esa conciencia, hasta el punto de propiciar y echar a andar un bien fundado proceso de crítica de la ‘razón crítica’. Los tópicos, las preguntas, las hipótesis, los criterios, las prácticas exegéticas y judicativas están al alcance de la voluntad de saber y de diálogo honrado. Falta ampliar y detallar mejor una agenda y decidirse a acometer sus puntos a escala personal y colectiva.
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Peajes de la crítica latinoamericana, de Wilfrido H. Corral, ostende la invaluable virtud de problematizar con honradez, fecundidad y valentía tan comprometedora disciplina en el presente. Es un volumen que se hace cargo, sin medianías, del malestar en la crítica. Un compromiso con la verdad y con la claridad argumental hace de su discurso un fluido potable y bien aliñado con una parresía a la postre metabolizable con provecho. Como sucede con toda obra de su calado, ofrece también relevantes motivos de disputación y hasta de diatriba, que el lector autónomo sabrá detectar sin que sea necesario que ningún crítico ni nadie se los señale. Estamos, pues, ante un libro que merece muchas buenas lecturas, muchos estudios serios —sin menoscabo de reseñas motivadoras, aun cuando nunca complacientes—; en suma: mucho diálogo, en los más variados ámbitos: la academia, las revistas, la conversación, el encuentro cara a cara con los creadores y los demás colegas del gremio…
Ciudad de México, enero de 2025
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Josu Landa /
Nació en Caracas, Venezuela, en 1953. Doctor en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde también obtuvo el grado de magister en la misma disciplina. Antes, realizó su licenciatura en la Universidad de Oriente. Ejerce la docencia en el Departamento de Filosofía de la mencionada facultad, desde 1988, donde es Profesor Titular. Especialista en ética, pedagogía, teoría política y filosofía de la literatura, en el ejercicio de su labor docente, ha impartido numerosos cursos sobre las ideas de Platón en torno a la política, la ética, la paideía y lo bello, así como las de Sócrates y las escuelas helenísticas acerca de dichos temas, además de las de los platónicos renacentistas; igualmente, sobre la Poética y la Retórica de Aristóteles. En el terreno de la ética, la pedagogía y la teoría política, destacan sus escritos De archivos muertos y parques humanos en el planeta de los nimios (1999), El método en Marx (2013), Maquiavelo: las trampas del poder (2014), Éticas de crisis: cinismo, epicureísmo, estoicismo (2012), De camino al ser (2017), Platón y la Poesía (2017) y Teoría del caníbal exquisito (2019). Entre sus obras de teoría literaria, se encuentran Más allá de la palabra (1996 / 1997), Poética (2002), Canon city (2010) y los compendios de escritos varios, Tanteos (2009) y Ensayes (2014), así como los opúsculos Para pensar la crítica de poesía en América Latina (1997) y Aproximación al verso libre en español (2005). Su publicación más reciente es Filos de reserva (Beyond Dimensions, 2023). En el ámbito de la creación ha publicado 11 poemarios (dos de ellos, antologías). La selección más representativa de su poesía integra el libro Estros (2006). En 2019 vio la luz un nuevo poemario, Mundo Neverí. Desde 2012, dirige el Seminario Permanente sobre Filosofía y Forma de Vida y, desde 2022, el Seminario Permanente sobre el Pensamiento de Arthur Schopenhauer.


