ESCRITURAS

Réquiem por Norma Jeane

Rafael Victorino Muñoz

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Hay varias razones para contar los pasos: porque se es un niño, jugando a pisar las rayas o no pisar las rayas; porque se es un árbitro de fútbol; porque se está planificando un robo; porque se es un ciego, y se quiere conocer la distancias entre, por ejemplo, la sala y la cocina, para nunca equivocarse ni errar, e ir a dar por mala suerte al retrete o hacer caer un portarretratos (¿hay fotos en las casas de los ciegos?); porque se es un necio. Quizás yo entro en la última categoría, quizás sea este mi caso.

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Cuento los pasos, en donde quiera que he vivido, desde mi vecindario a la biblioteca, desde aquel verano del 68, cuando se saldó la cuenta y comencé a contar las semanas, los días y los años. Y entonces, cuando me he habituado a un recorrido, sé que cada cierto número de pasos encontraré un detalle que me agrada, como esa cornisa con molduras de yeso, desgastadas por los años (ciento sesenta y tres), o ese balcón invernadero (mil doscientos cuatro), cerrado con cristales, a pesar de lo cual puedo ver una mecedora como la que usaban mi padre y sus gallinas; o ese otro balcón (mil setecientos treinta y dos), desde el cual un canario parece sonreír al mundo, aún a pesar de estar en una jaula, o es mi vista la que me engaña. Después de todo, las aves no sonríen, y tampoco lo hacen los viejos que cuentan pasos.

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Cuento los pasos, cada vez más lentos, cada vez más inseguros: tantos desde la esquina del semáforo hasta la puerta de entrada (menos ciento cuatro, cuento al revés, cuando ya faltan pocos para llegar a un sitio); pero a veces me detengo, respiro, toso; el aliento, la respiración, se haría visible, en el aire de la mañana, si aun hiciera frío en el sitio donde estoy; aunque no siempre he estado aquí. Y a veces pienso, o más bien recuerdo, o más bien, cuento los recuerdos, a ver si están completos, los recuerdos y los pasos; porque puede ser que haya olvidado algo, que se pierda en mi memoria, que pierda el pie y caiga en el olvido.

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Como todo el mundo, yo también tengo una historia- no sólo pasos- para contar: fue en la década de los sesenta, muchos lo saben, pero no saben todo; el país se vio sacudido por diversos acontecimientos; entre ellos destacan tres homicidios, acaecidos en circunstancias extrañas, nunca del todo aclaradas. Es lo que sabe. Quién fue, pero no quién lo hizo; cuándo fue, pero no cómo. Menos aún por qué. Separados por tres años de distancia cada una, la muerte de la actriz rubia (que “oficialmente” fue suicidio), la del presidente (asesinado) y la del senador (también ajusticiado, también tres años después), en idénticos veranos (en realidad dos veranos y un otoño), son sucesos ligados, íntimamente ligados, ya que el primero fue el que motivó los otros dos… Yo también estuve allí.

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El semáforo ha cambiado, y debo contar otra vez, porque sí, porque la mente tiene que ocuparse en algo, porque si no se cae en un abismo, si uno no ve sus pasos, los que ahora da y los que alguna vez dio. Se ha especulado mucho respecto a los tres homicidios, pero hasta los momentos, entre esas especulaciones, sobre todo en relación con la muerte de los dos políticos, nunca se ha considerado el móvil pasional, que es el único y verdadero. Fue por amor (o por vengar ese amor), y no por otra razón, que el presidente número cuarenta y dos de la unión, y su hermano, primero senador y luego fiscal general, fueron debidamente eliminados, cerrando el círculo, o cerrando el triángulo. La falta de una declaración a tiempo por parte del grupo que realizó esas acciones es lo que ha dado pie a todas esas hipótesis y especulaciones, muchas completamente descabelladas. Es mi propósito enmendar ese error. O lo será cuando llegue el momento, cuando sepa que estoy solo en este mundo.

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Me detengo, un momento, otra vez, ante la puerta de vidrio, o la puerta batiente, o la puerta que sea. Ha habido muchas puertas, pero un solo pensamiento. Esto es lo que siempre he querido hacer: una declaración, una declaración de amor bastante tardía a la rubia que nos abandonó prematuramente. Es por ello que he llevado este montón de recuerdos conmigo, secretamente, hasta los momentos: no sólo son de ella, también y a menudo se refieren al grupo del que formé parte y a mí, a mi historia, la historia esta persona extraña que ha renunciado a su propia identidad, pero que no renunció a lo más preciado que tiene un hombre: sus recuerdos, preservados celosamente hasta el día de hoy.

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Dos mil ciento treinta siete pasos. Hoy fueron más. No sé qué pudo haber ocurrido. Ya lo recuerdo: estoy en otra ciudad. He decidido volver al pasado. Estar un poco cerca, cuando mi hora sea llegada. Ya no tengo más a donde ir.

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Rafael Victorino Muñoz /

Escritor y docente venezolano, nacido en Valencia en 1972. Ha destacado en la escena literaria nacional por sus cuentos, ensayos y novelas, además de su labor como profesor en la Universidad de Carabobo. Ha publicado los libros de relatos Pre-textos (1996), Alba para dos ciegos y otras maniobras (1997), Relatos (2004), y Retablos (2006), así como el conjunto de ensayos Notas y digresiones (2000) y varios cuentos, reseñas y textos de prosa diversa, entre los que se incluyen trabajos de investigación, en diversas publicaciones periódicas. En 2017, su novela Manual del sinvergüenza resultó ganadora del Premio Internacional Monte Ávila de Novela.

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Lo que publicamos es el primer capítulo de la más reciente novela de Rafael Victorino Muñoz, Réquiem por Norma Jeane, editada por Rubiano Ediciones
y que será presentada durante la XXII Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo 2025.

 

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