Tannia Maruja García
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La primera vez…
Me miró a los ojos para tranquilizarme. «Todo va a estar bien, pero no le puedes decir nada a nadie» me dijo con seriedad absoluta. Yo le creí, y honré el compromiso. No era fácil lo que me pedía, yo quería compartir con alguien lo que había sucedido, lo necesitaba. Quizás lo que buscaba era una manera de aprobación. Fue más fácil quedarme callada y llevar la cruz por mi cuenta.
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Entrar a mi cuarto me recordaba que no me había llamado. ¿Por qué tenía que prometerme que me llamaría? era mejor dejarme así sin más, y aparecerse de repente como aquel día. Yo sabía que se había aprovechado de las circunstancias, apelando a la mirada de gafa que ponía cada vez que pasaba por la casa. Lo recuerdo bien: Alto, fornido y andaba en moto. Tenía ese cabello liso que no sobrevive a la adolescencia. Nos conocíamos porque era amigo de mi hermano. Cuando estaban en el porche, me sentaba con ellos un rato y después mi mamá me obligaba a entrar, porque no era bueno dejarme ver con «puros hombres». Siempre me pareció una pendejada, pero nunca le replicaba. Cuando estaban en mi casa era la envidia de la vereda. Las muchachas pasaban 2, 3 y 4 veces de una esquina a otra para dejarse ver por el grupo de machos a estrenar que se reían de la ocurrencia, y les siseaban sólo para continuar viéndolas pasar y hacerse los importantes.
Yo no hacía eso. Mi mamá no me dejaba. Solo salía si lo hacía con mi hermano de chaperón. Así que compartía con ellos a ratos y siempre me habían tratado como la hermanita de Raúl. Debo confesar que eso a veces me daba arrechera. Una vez salimos todos a City Park y ahí empezó todo esto. Esa noche nos subíamos y bajamos de las máquinas, comíamos algodón de azúcar. Casi toda la cuadra estaba en el parque. Él me invitó a los carritos chocones, y claro que acepté. Nos reímos a carcajadas. Cuando salimos, hacía frío. Yo no llevé suéter y el pacheco de diciembre venteaba. Aarón me ofreció su chaqueta de bluyín, la que más me gustaba.
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Meterme en esa chaqueta fue como un abrazo. Olía a su perfume. Después de eso pasamos toda la noche caminando por ahí, él hablaba de él mismo y yo escuchaba. Sentía que no tenía nada importante que decirle. Cuando nos íbamos, esperó que todos se adelantaran, me jaló y me robó un beso. «No le digas a tu hermano o me mata a coñazos» Sabía que era verdad, así que me lo guardé. Desde ese momento yo me paseaba con su chaqueta por ahí y ese era el código para decirles (a las muchachas) que había algo, que yo ya no era sólo la hermanita de Raúl.
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De vez en cuando nos dábamos unos besos escondidos. Cuando estábamos delante de todos yo no decía nada y él jugaba a lanzarme miradas furtivas o decirme «qué bonita estás» y después ignorarme. Le escribía cartas que nunca le entregué. Unas porque me parecían cursis, otras porque me daba pena la letra y porque no quería que pensara algo que después de todo era cierto: el carajo me gustaba, me tenía transportada como nada, vivía esperando escuchar su voz.
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Aquel día cuando entró por la vereda, apurado y sudoroso, pensé que venía a buscar a mi hermano. Yo estaba parada en la reja porque a las 3 de la tarde no hay nada que hacer. Le vi en la cara la inquietud de algo que no cuadra. Ábreme me dijo, y yo sentí al principio que no debía, pero lo dejé pasar. «¿Y Raúl?» No está. «Coño. ¿Y tú mamá?» Tampoco. «Bien. ¿Dónde está tu cuarto?» Ahí. «Ven acá, yo no te voy a hacer nada». Entré en el cuarto. Él respiro profundo, se secó la frente con la mano. De espaldas a mí, colocó la chaqueta negra sobre la cama, sacó algo que tenía metido en el pantalón y lo dejó caer contra la mesa de noche. Luego se quitó la franela y en ella envolvió aquel peso. «Necesito guardar esto, pero si lo guardo aquí no puedes decirle a nadie, ni puedes comentar nada». Sentí que su voto de confianza no era parte del desespero si no que era real, así quise creerlo. Le dije «tranquilo, mételo aquí», y lo guardé en una caja de zapatos encima del closet.
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Me pidió agua y le di un vaso grande y con hielo. «Me voy. Yo te llamo, para venirlo a buscar». Me quedé mirándolo con el vaso vacío en la mano. Él se quedó viéndome y me acercó hacia él, me plantó un beso húmedo, largo, esponjoso, tibio. Sonrió y fue a ponerse la chaqueta de nuevo. Advirtiéndome sobre nuestro secreto, salió por donde había venido.
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Pasaron días antes de saber de él. Una noche cualquiera sonó su moto estacionándose en la puerta. Mi hermano salió emocionado, lo abrazó. Hablaron un montón de cosas entre cuchicheos. Yo salí hecha la pendeja y sólo dije hola. «Hola bonita ¿Me tienes lo mío ahí?», Sí. «Ah, ¿fue esta la que la guardó?» dijo mi hermano levantando una ceja «sí, no te digo pues que es una dura». Por alguna razón mi hermano me dijo «váyalo» y me hizo puñito.
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Yo busqué el secreto envuelto en trapo encima del closet y salí sin que mi mamá se diera cuenta. Lo traje y Aarón dijo «¿quieren ir para allá abajo y probarla?» Mi hermano aceptó diciendo «plomo», y nos fuimos los tres en la moto. Yo sólo podía pensar en abrazarlo mientras durara el trayecto y esperaba que fuese largo.
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Poco después llegamos a la calle de su casa, en el Simón Bolívar. Subimos un poquito hacía una esquina que daba a un terraplén donde estaban los otros muchachos del grupo jugando ajedrez y bebiendo. Él sacó aquello de la envoltura y lo mostró como un trofeo. «Una 38» dijo orgulloso. Yo observé la forma larga, redondeada, plateada, que nunca me atreví a ver mientras estuvo en mi cuarto, y la admiré de inmediato. «La primera en probarla va a ser Mary que se lo merece, por ser tan bella» le sonreí cómplice. Se puso detrás de mí, me dejó sentir algo más que su cuerpo. Me indicó como colocar las manos, subimos los brazos apuntando hacia el cielo. Me dijo «ahora», y juntos apretamos el gatillo.
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El muro…
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El muro se alzaba en medio de la ciudad. Nadie recordaba con exactitud cuándo o cómo se construyó. Estaba allí desde siempre. Dependiendo desde donde se le veía, asumía formas distintas. Desde el norte parecía una pared de contención, hecha de ojos que observaban vigilantes hacia todos lados. Daba cierto aire de seguridad a quienes estaban dentro. Desde el sur, por su parte, significaba el llegadero, la frontera con otra región. Más que una pared era una cerca maltrecha llena de bocas que a veces mascullaban una que otra cosa indescifrable.
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Gracias al enorme muro, la ciudad estaba cómodamente dividida. Hacia el norte las casas níveas e idénticas mantenían un clima de aire acondicionado y se garantizaban mascotas prediseñadas. Un aire de mantuanidad, de aristocracia venida a menos, de alcurnia caída en desgracia, se respiraba en todas partes. El sur tenía su sacrosanto bullicio. Una agitación de mayoría, una angustia de explosión demográfica incesante, el calor de una eterna sequía, esa sensación de confusión al caer en la marea violenta de la tarde.
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Durante el día, gente cruzaba de un lado a otro sin hacer caso del muro. La ciudad era una urbe con una arteria abierta, expuesta y sangrante. Una gigantesca avenida donde todo confluía, marcado por la inercia de necesidad que le llenaba los pasos. A medida que se extinguía el sol, se marcaba la marcha de retorno, se emprendía un retroceso hacía la casa, hacia la seguridad de lo conocido. La ciudad quedaba desierta salvo por algún carro o cuerpo casi fantasmal que cruzaba tardíamente la barrera.
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En esta ciudad vivían dos hombres. Dos hombres comunes. Un hombre del norte y uno del sur. Un Sebastián y un Cheo. Nunca se han visto, ni cruzarán palabra, pero han caminado las mismas calles, se han quejado del mismo calor, han sufrido la misma violencia, se hacen las mismas preguntas mirando el techo mientras su Cristina y su Yennifer duermen a su lado y sueñan con algo que desconocen.
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Ambos están cansados, y ese cansancio les ha hecho un callo en el desgano. Es la rutina: Levantarse tan temprano, desayunar con el tiempo contado, entrar con resignación en el tráfico que va lento, que hace cuerpo de culebra, de oruga. Escuchar la emisora que pregunta si usted es bonchón o bonchona. Caer en un hueco o evitarlo. Decirle que no o que sí al que limpia los vidrios, al que vende el maní, al que pide para la medicina, al que tiene el hijo enfermo, al que fue malandro pero ahora prefiere pedirte una ayuda de 50 bolívares para no robarte. Pensar en lo que se tiene, en lo que hace falta, en lo que se quiere, pero está muy caro. «Es la misma mierda todos los días» y se les va atiborrando un discurso impronunciable, una depresión no detectada, una incomodidad que se los va tragando desde la barriga.
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Y a las seis ver el muro, el enorme muro. Tan cuesta arriba, tan empinado que no deja ver la luna. Y ambos piensan en cómo será vivir del otro lado, como se sentirá eso de ser otro, con otro nombre, con otros problemas. Sebastián y Cheo atajan el curso de ese pensamiento, se detienen en la zona limítrofe. Deciden no avanzar como quien decide no comerse ese último pedazo porque está lleno, porque estuvo bien pero no puede más.
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Cae la noche como agua en un vaso y ellos escalan el muro. Van trepando por los ojos, por las bocas, ignoran las advertencias, las condiciones inquebrantables. Ya en la cima pueden ver la ciudad sin líneas fronterizas, sin puntos cardinales. La oscuridad ofrece un espectáculo de contrastes, un sinfín de cocuyos que brillan en la sombra. La ciudad es toda, es una. Palpitar urbano de las ruinas de un progreso que se quedó medio camino. Se dejan caer desde la cresta, se dejan caer hacia el lado que no les corresponde. Sebastián persigue los ruidos, el corneteo, la danza que se escucha a lo lejos, se inspira en la vibración del suelo. Cheo respira el céfiro artificial, quiere comerse el olor del aire acondicionado, levantarse con el aroma de la grama recién cortada.
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Para pasar desapercibidos, se mimetizan con los baquianos. Adoptan sus costumbres, se integran al día a día. Cristina y Yennifer están tan atiborradas con los niños que no sienten la ausencia de su Sebastián y su Cheo. Ocurre un proceso vertiginoso: Al primero se le van desprendiendo los labios, hasta que se dejan ver de manera íntegra todos los dientes. Al segundo, los ojos se le encojen, se le reducen, poco a poco se le cierran las órbitas.
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En el muro aparecen unos nuevos ojos, una nueva boca. Éste respira la sístole y diástole de un corazón impío, de una división que nadie recuerda, pero que todos respetan desde el inconsciente colectivo. Sebastián y Cheo se olvidan de lo que fueron y se integran a la nueva vida de su circunstancia cardinal, y todo nuevamente emprende su ciclo.
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After…
Take me out tonight
where there’s music and there’s people and they’re young and alive driving in your car
I never never want to go home Because I haven’t got one
Anymore
The Smiths
Ella era como el resto, un animal social. Un animal increíblemente delgado y blanco, que confundía sin esfuerzo su condición de depredador o presa. Siempre pendiente del teléfono, del que hay para hoy, de la conga. No era raro verla y pensar que algo triste le habitaba o era ella la tristeza, aunque quizás era mi propia soledad la que veía en sus ojos, a veces. Nunca dio pie a que confirmara aquella percepción, reía mucho, aunque no era un secreto que su vida era convulsa, aun detrás de las altas paredes de su casa. Yo no era muy distinta, pero tal vez en mí se había asentado algo, y ese peso a veces no me dejaba seguirle el ritmo, continuar la carrera.
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Nuestra experiencia giraba en torno a lo que era socialmente permisible. Medio papel de vez en cuando, Molly para la rumba, algo de weed para el día a día, unas cervezas tipo tranquilo. Cuidado con la cocaína: nada de ponerse ardilla. Vivíamos sin mayor sobresalto, funcionales, pero con una vida velada, tan lejos de la rutina de la casa, la universidad, el trabajo, tan lejos de lo visible y aparentemente convencional. Era la vida de vivir una ciudad que cada vez se nos hacía más impropia, una versión desconocida de lo que había sido.
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La amistad era compartida de manera entrañable. Muchos estudiaron juntos, otros se encontraron en el azar de la vida. Teníamos en común estar en el mismo lado de la ciudad. Yo los quería a todos, especialmente a ella, que siempre me pareció tan frágil y dulce. Girábamos en algún carro común escuchando la música que nos hablaba sólo a nosotros, tratábamos de sacarle provecho a la soledad nocturna de la ciudad. Nos convencíamos de ser afortunados, de al menos tenernos los unos a los otros, de tener un porro, un carro para girar, sol todo el año y compañía para tripearse el viaje.
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Ella sacaba las manos por la ventana imitando la vibración del aire, mientras su cabello suelto hacía barullo en mi cara. No pedíamos mucho. Éramos felices, por momentos, con muy poco. Y juntos, sin saberlo, sentíamos el peso de una generación a medio camino que heredó una casa maltrecha. Pero no lo expresábamos ni percibíamos así, al menos no en ese momento. Lo nuestro era buscar el sentido día a día, no entender lo sucedido.
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Aquel último after fue, sin quererlo, la primera despedida para mí. «¿Ella va?» fue lo primero que pregunté cuando me avisaron, y dijeron que sí. Su compañía era encantadora. Era culta y suelta, sin ademanes predispuestos, y eso me llamaba la atención. Llegamos al sitio. La calidad de la música y la ubicación creaban la expectativa. La oscuridad del recinto se cortaba por rayos de luz, que salían de algún lugar en la pared. Poco o nada podía verse, salvo a ratos, cuando los destellos intermitentes mostraban cuerpos moviéndose cuadro a cuadro.
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Nos movimos a una esquina y ella me dijo «¿vienes?» Yo le dije que sí con cara de obviamente. Sacamos de una ziploc los recortes. Todos tomamos uno. White rabbit, se llamaba. Bromeamos con lo de seguir al conejo blanco. Se nos durmió la boca. Luego una cápsula, para completar el Candy flip. El dj la tensaba y soltaba. La música se intensificaba, y saltábamos, saltábamos con las manos en el aire, cerrábamos los ojos y nos movíamos con la marea, la Molly hacía lo suyo y todo era hormigueo, combustión, empatía.
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Todo dejó de estar, todo se convirtió en una cosa distinta. En cuarenta y cinco minutos el lugar se había convertido en una marea de energía, pesada como la lava. La música ayudaba, era fuerte, oscura, rápida. Bailábamos. Como el latir del pecho, nos sincronizábamos con la música. Ella tocaba cosas en el aire sin motivo aparente, me veía, se reía, el resto tenía los ojos cerrados, o hablaba sin parar, pero nuestro trip era compartido, todo era absurdo y hermoso al mismo tiempo. Era la efervescencia, el eco de nuestra confusión repitiéndose, dejando atrás las respuestas infalibles e insatisfactorias. Ella trataba de tocar la luz y me decía que era de gelatina y escarcha, y yo deseaba poder ver a través de sus ojos.
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Pasaron horas y ya la habíamos descargado bastante. Salimos, y en parte tuve la esperanza de irme a dormir, pero no había chance de perderse el after. Llegamos a un hotel. La música seguía sonando. Era insólita la cantidad de gente, pero era un grupo más exclusivo. Nosotros nos situamos de forma discreta y encendimos una vara. Yo le pregunté que cómo era ver luces de gelatina y ella se burló de mí por eso. Todos se fueron a bailar, nosotras nos sentamos un rato. Estaba tan cerca que me era raro. En algún momento dejó caer su cabeza sobre mi hombro, y eso se sintió bien.
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Empezó a sonar un reggeton viejo de esos que activan el cuerpo. El beat monótono y denso la hizo levantarse del mueble y entrar a la pista con una woo largo y alegre. Su cuerpo ubicó a otro y se dejó llevar por el perreo. Su manera de menearse sin menearse me dejó viéndola, admirándola, y me imaginaba que era yo ese otro que estaba ahí, que le tomaba la mano y la hacía girar para ponerla de espaldas a mí, para buscar el ensamble del cuerpo. La música cambio de nuevo, y ella volvió a sentarse. Nos quedamos hablando hasta el amanecer, hasta que alguien más llegó, imagino que era una especie de novio/amigo. En minutos desapareció de mi vista, poco después el resto me dijo que nos íbamos. No pregunté por ella, no era necesario.
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Después de aquella noche, poco a poco las circunstancias individuales nos fueron separando. Cada mes le decíamos adiós a alguien, y aparentábamos no sentirnos tan tristes, y no recordar que también nos tocaría salir por la puerta de un aeropuerto. A veces nos encontrábamos en el cruce de algún viaje, pero perdimos paulatinamente el contacto, sin perderlo del todo. A ella, no la volví a ver en persona. Me escribió para dejarme saber que también se iría del país sin entrar en sentimentalismos y prometiendo mantener el contacto. Un montón de brujas rumoraban que la habían mandado a rehabilitación porque se puso dark. Pendejadas.
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Ninguna despedida me costó tanto como la que no tuve con ella. Aún, en las noches en las que la lejanía de todo se une al frío anónimo y me embarga la puta melancolía, pienso en los muchachos, en el calor del sol de la tarde que tan pocas veces aproveché, en su belleza triste, su cabello oscuro, y sus ojos perdidos en las luces noctámbulas de gelatina y escarcha.
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Tannia Maruja García /
Maracay, Venezuela, 1986. Escritora, docente y artista marcial. Licenciada en Educación mención Lengua y Literatura por la Universidad de Carabobo. Diplomada en Narrativas Contemporáneas por ICREA UCAB. Ha publicado El muro y otros relatos sobre la oscilación (2016) y Albo (2020) publicado por Taller Blanco Editorial. Textos suyos han sido incluidos en antologías nacionales e internacionales. Actualmente dicta talleres de escritura y realiza eventos de divulgación literaria a través de la comunidad Ficcionafilia, de la que es fundadora, dicta clases de artes marciales desde Izumo Dojo, ejerce la redacción creativa en el área publicitaria (copywriting) y la edición, traducción y corrección de textos. Es parte del comité de redacción de la revista POESIA.


