Daniel Oliveros
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Cuando me propuse a escribir algunos apuntes sobre la obra de María Octavia Russo, fue inevitable dar con un sinnúmero de paredes. ¿Abarcaba su obra de manera cronológica, sistemática?, ¿destacaba la diversidad de su manejo técnico que va desde lo clásico y tradicional hasta lo innovador y digital?, ¿el carácter multidisciplinario que atraviesa su trabajo como un inmenso río espeso? Fue difícil dar con algo que satisficiera mi intención de evocar en palabras lo que la artista ha causado en mí a lo largo de los años que sigo su carrera. La obra de María Octavia es tan plural y tan diversos los medios que emplea para presentarla, que es hasta descorazonador pretender fijarla en sílabas a las que les faltan la agilidad y dinamismo propios de su discurso plástico.
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No obstante, tengo una ventaja, un detalle que juega a mi favor. En mi casa convivo con al menos seis de sus obras, tres óleos, un print, dos piezas de cerámica. Tropiezo a menudo con la porosidad del lienzo, recorro sus volúmenes sobresalientes. Siento la energía emanando de los vibrantes pigmentos de sus matices, hundiéndome en la obscuridad a la que la artista lleva sus sombras. Apenas y mis ojos pueden seguirles el paso a los destellos deslizándose sobre la pátina de la cerámica sobre la que poso la greca hirviente para no estropear el tope de la cocina. Se mueven como hermosos renacuajos transparentes, paseándose por los motivos que la artista pintó en el material.
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Perro con motivos botánicos (2024)
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Fue en algún momento de estas contemplaciones ya cotidianas que di con lo que se me aparece como unitario en su obra, algo que me fuera posible de alguna manera fijar en papel. Ese lugar donde confluyen los discursos que constituyen su corpus, que ya siendo únicos cada uno de sus trabajos, proponen además un universo de sujetos ocupando este espacio donde la artista dispone el encuentro con el espectador. La cita, la casa, el instante al que conmina la obra de arte visual, moldeados por el estilo de Russo, sus humores, las emociones a la que nos somete, situadas veladamente en un plano existencial.
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Y es que la obra de María Octavia Russo parece volar en su dicción. Como alguien que habla demasiado rápido, pero expresa con precisión y claridad, una bestia moviéndose ligera en unos montes que se fugan hacia el infinito del cielo. Sin embargo, hay algo que reúne sus obras bajo un mismo techo, que es la casa coronada por éste, la que Bachelard señala que nos brindará a un tiempo imágenes dispersas y un cuerpo de imágenes. El espacio donde ocurre su representar, la trémula espesura donde se pasean sus creaciones. La dinámica entre sujetos y entorno presente en su trabajo visual queda patente en la tensión que se genera entre ambos elementos.
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Como punto de partida están los sujetos donde la artista vierte los ecos de su paso por la academia. Animales o bestias en los que María Octavia emplaza su búsqueda por la forma; bellas anatomías proporcionales, casi exactas, caballos que sólo una seguidora de Rubens o Velázquez podría formular en óleos, transfigurados por un estilo único vueltos suyos. Perros fatídicos cuyos vientres se abren como una flor naciente de donde emerge la claridad de las vísceras, el testimonio honesto de la coordinación entre las emociones impresas en lienzo y la destreza en su manejo del lenguaje simbólico. Bestias humanoides que a mi parecer trastocan la historia del autorretrato femenino, donde el rostro de Sofonisba Anguissola se desdibuja en la sombra de fondos obscuros, de bosques germanos en un invierno imposible.
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De la serie NUDE(s) (2023)
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Más allá de esbozos y descripciones fidedignas, lo que me propongo plantear en este punto es que el sujeto está siempre presente en la obra de María Octavia Russo. Crea seres vivos, seres a los que les fue otorgada la posibilidad de un habitar, un peso, una dureza concreta para abarcar un espacio determinado en el mundo que la artista ha ido dando forma con el paso de su carrera. Lo que la artista pretende en sus trabajos, no es más que plantear un encuentro entre la creación y quien ocupa el papel de espectador. Una cita a ciegas, si se me permite lo burdo, entre dos seres que se miran a través del cristal diáfano del globo ocular.
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Asimismo, podemos considerar el entorno en el que estos sujetos quedan situados, sin mencionar, además, el contraste generado entre estos planos habitables y los sujetos que, como cuerpos celestes, hunden la malla del espacio, generando una fuerza gravitacional indisociable de su manera de crear mundos. Hoy en día, aunque no de manera exclusiva, la artista ha experimentado con dos dimensiones de este universo plástico.
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Por un lado, existe un grupo de obras que me remiten a lo que hoy en día conocemos como las Pinturas negras de Goya, envueltas por fondos profundamente obscuros, donde los sujetos más habituales son animales en reposo, algunas veces eviscerados, otras con flores brotándoles de una piel pulsante y viva. Esta penumbra, por supuesto, se ve atravesada por un destacable manejo del color de los sujetos, donde de ese lugar penumbroso se rompe, abriendo paso al verde intenso, el fucsia, o el rosa, generando una cohabitación casi inaudita de sombras espesas y una luz refulgente. Un elemento que llama la atención de este estilo, más allá del dramatismo representado en este grupo de obras, es la anonimidad que la artista dispone para su soporte. Habitan parajes desolados, imposibles de identificar con exactitud geográfica, bosques donde apenas y llega la luz suficiente para entrever en la penumbra los sujetos nativos de estos paisajes. No obstante, es también en el desconocer de estos espacios, donde nace la posibilidad de participación de quien los observa. Paisajes donde cada persona ha recorrido una vida, donde yacen memorias tanto terribles como sublimes, paisajes donde nos hemos visto en sueños o tan sólo se dibujan en el horizonte como un recuerdo borroso recubierto de niebla.
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De la serie Night and dreams (2023)
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Por el otro lado, y paralelas cronológicamente al grupo anterior, hay obras revestidas de una luminosidad casi cegadora, donde una variedad de tonos verdes domina los fondos, casi edénicos, generando un contraste menos dramático, pero igualmente cautivador. Aquí las emociones que conducen la observación nos permiten recorrerlas con mayor serenidad, sin restarle en modo alguno intensidad a la experiencia de contemplarlas. Los sujetos, que anteriormente eran presentados con una violencia calmada y paulatina en contienda con su entorno, ahora gozan del descanso sugerido por el manejo cromático y lumínico, donde se los hallan en reposo, acostados sobre sus vientres, en compañía o en lo que podría incluso pasar por contemplación serena.
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De la serie Gardens (2023)
De igual modo, conseguimos este contraste entre sujeto y entorno reiteradamente en otros soportes. En la cerámica, por ejemplo, estas bestias parcialmente sumergidas en lo que parece una ciénaga, quedan suspendidas en el noble color que adquiere el material tras el intenso calor que endurecían aquellas tablillas que en Uruk recogían la épica de Gilgamesh. En sus trabajos más recientes de modelado 3D queda clara su filiación hacia la forma, propia de sus trabajos en dibujo o pintura, pero ahora fijada en un medio que permite una exploración más inmersiva y totalizante, donde el espectador tiene como posibilidad recorrer los volúmenes, las proporciones y detalles minúsculos que hablan del rigor que la artista le imprime a cada una de sus obras desde el inicio de su carrera hasta hoy.
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María Octavia Russo
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Como quise dejar en claro desde un principio, abarcar la obra de María Octavia Russo es una tarea compleja, pero paralelamente, es la complejidad de su obra, la dificultad para determinarla, lo que habla de su inmensa capacidad de establecer un puente emocional entre el objeto y el espectador. Algunos más prosaicos dirían que hablo de su capacidad para el world building y tendrían razón. Sin embargo, esta descripción poco satisfactoria fracasaría en evocar todo lo que podría decirse de su obra. El siglo XXI ha traído avances en técnicas, diversidad de soportes, acceso más democrático a la realización artística y su aprendizaje y un sinnúmero de cambios que han favorecido la producción artística reciente en todo el mundo. Esto puede comprobarse de muchas formas, pero la más efectiva es seguirle el hilo a la miríada de artistas que hoy día son capaces de compartir su trabajo de manera global, razón por la cual tuve la enorme fortuna de conocer la obra de María Octavia Russo, artista que, en mi opinión, representa fielmente estos movimientos sociales, culturales y tecnológicos y bosqueja sobra las bóvedas del futuro una obra única y genuina que logra atravesar el velo de la ficción visual para extender los dedos y tocar el corazón del espectador afortunado que va a su encuentro.
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María Octavia Russo /
Caracas, Venezuela, 1991. Es artista e ilustradora. Ha trabajado en proyectos de ilustración editorial y animación, participando en exposiciones y colaboraciones internacionales. Su estilo explora escenarios oscuros, con una fuerte carga atmosférica y narrativa visual. Residió en Argentina y actualmente vive en España, donde se dedica al desarrollo de proyectos en 3D y a la pintura.
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Daniel Oliveros /
Valencia, Venezuela, 1991. Poeta, traductor, editor y Licenciado en Educación Mención Inglés por la Universidad de Carabobo, Venezuela. Director Editorial del sello Kavrial. Es Corresponsal en España de la revista POESIA y la revista Ficcionafilia. En el año 2014 fue merecedor de la mención honorífica en poesía del V Premio Nacional Universitario de Literatura «Alfredo Armas Alfonzo», Venezuela. En 2021 publicó Warlike (LP5 editora), su obra más reciente en poesía.


