Diego L. García
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En el maravilloso texto introductorio, Eduardo Espina habla de un statu quo en el cual “la poesía debe competir en ratings de popularidad con shows como American Idol y The Voice”. Es una postal exquisita de la época y su campo literario. Más allá de la imagen pintoresca e irónica, las fuerzas que corren por detrás del asunto son la cuestión. La “producción” de programas donde el arte es la mercancía y a su vez una materia derretida por donde los sujetos pueden deslizarse más o menos cómodamente sin ninguna gracia (sin esfuerzo, sin concepto) resulta una soberana acción política. ¿Qué más quiere el sistema que controlar la palabra? Sabemos que ello radica en el uso de la lengua y en lo que la lengua es capaz de producir/nos. Las palabras de lo que pensamos suelen provenir de afuera. Y si el pensar es un pensar crítico, ese afuera tensiona, negocia, y otras veces violenta, delimita, señala. Que la “poesía” pueda ser un arte inocente depende de nosotros; de que dejemos que sea, de que elijamos la prevalencia de ese carácter (algo más allá de las superficies). Sin embargo, cuando la “poesía” (o lo que se aproxima) se planta en la tensión, se vuelve capaz de disputar sentidos a lo que aparece como dado, normalizado, natural, conveniente. Como me gusta pensarlo para aliviar el deseo trágico de esa revolución minimalista: una escritura que sea capaz de abrir preguntas.
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Malincuor es un libro que empieza por la lengua. O mejor dicho, en medio de la lengua. Con una expresión derivada, a malincuore (de mala gana), una dicción atravesada por la factoría de la subjetividad. Y en esa apropiación, en ese nacimiento, el territorio: “Nací en el último vagón de un tren llamado Europa”. He leído buena parte de la obra poética y ensayística de Maurizio Medo y desde allí puedo afirmar que este es un libro de síntesis. No en el sentido de resumen, sino de composición (sýnthesis). He aquí el mecanismo de este tren: tejer la juntura de las partes; partes que son producidas y reproducidas en el mismísimo viaje. Es el propio autor quien en una Nota que incluye al final refiere a un proceso de escritura en tiempo real. Se trata del cristal proustiano a través del cual las percepciones conjugan una realidad, y no al revés. También, de un largo proceso de reescritura y revisión, que ha dado vida a Malicuor a través de numerosas estancias. El propio autor ha señalado que le llevó diez años culminarlo y que se trata de su título “más personal”. ¿Hablaría acaso solo de su persona o de las tantas otras que atraviesan el libro?
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“Cada uno de ellos comparecía ante mí como un paisaje sin precedentes en la historia del mundo. Hablaban distintos idiomas sin saber bien cuál de ellos delimitaría el rumbo. La historia se pudo escribir a través de sus éxodos”
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Este fragmento es también parte del texto inicial (aunque antes hay una fotografía fechada en 1940, antes una dedicatoria a Ludy, antes tres movimientos de kung fu de Mark Strand, Bob Dylan y Alessandro Guasoni). Los pasajeros del Tren (ellos), símbolos, huellas, trazos en la materia del presente. ¿Qué hace -se me ocurrió la pregunta cuando regresé recién en las páginas- a una fotografía vieja? Un niño y una niña abrazados, inclinados con un fondo oscuro que pareciera no dejarlos volver del todo, retenerlos en algún lugar como de préstamo al presente; el aura rosada, óxido del papel escaneado haciendo un marco que bien podría ser el recorte de una galaxia en una foto de la NASA. Eso mismo, esas marcas de la edad, confeccionan el “paisaje” de los pasajeros y sus idiomas. ¿Acaso el estilo de la ropa, los peinados, algún objeto del fondo puedan dejar de pertenecer al ahora? El éxodo no implica dejar de estar sino mudar aquello, transformarlo (en otro texto, más adelante, dice: “El olvido no borra, ensombrece”), dar un nuevo aliento a la composición.
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La Remington fue mi primer juguete.
Fabricaba presentes.
Mamá se perdió en los bosques de Loano.
Había estallado la guerra.
Jamás regresó.
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Entonces aparece de manera ya concreta la escritura. La Remington no es lo mismo que el habla babélica del Tren (no lo dije antes pero nótese en la mayúscula el anclaje al mundo de las ideas), ahora aparece el juego, y con el juego eso que llamamos “poesía”. Sabemos, casi indefinible, que si algo se le aproxima es el concepto de juego. Y ahí mismo, sin dar respiro la pérdida, la guerra, el no-regreso. Si los nostoi encuentran en el regreso el heroísmo, el no-regreso (que no es elegir quedarse) deshilacha el tapiz hasta hacer del desarme un futuro. Y así lo que se canta es ni más ni menos que la tristeza del triunfo, la melancolía del esfuerzo, la extrañeza de ser el pionero: “¿Qué significan las palabras que no pronunciamos? / Pienso en mi madre”.
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Hay otras fotos, otros rostros. Tierras conquistadas (ríos cruzados, risas florecidas), hojas labradas en el juego de descubrir lo que tras el silencio dicen las lenguas.
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lenguas, correcciones.
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Desde la página 74 la forma cambia. El texto se desgrana en versos, hace de sus pliegues un ritmo diferente. Derivo con velocidad, las imágenes a veces saltan al agua y sigo (puedo leer de ese modo, puedo detenerme también y no avanzar).
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12
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Mi propia historia es unaTranscurre en un páramo del austro sin un
torque donde articularse para representarse en
un drama que incluya las diversas expectativas
suscitadas por la participación estelar de un
poeta lírico nacido en el siglo XX.La suma de las mismas es incapaz de arrojar
un resultado que supere en valor a las cifras
de la ecuación histórica, pues si el
vocabulario no se dirige en contra del
lenguaje, asumido como una categoría
ideológica, terminará noqueado por quien
consiguió cruzar la frontera (…)
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No voy a analizar la materia que completa este libro. Voy a comentar solo mi experiencia, que es de absoluto placer y aprendizaje. El signo parabólico que ocupa el sintagma final del primer verso lo dice todo. Dice que el vocabulario es resistencia, dice que la violencia de la frontera es mucho más que cualquier definición de “poesía” o “literatura”, dice que lo dicho es consecuencia y no una coreografía ensayada para TikTok. Retomo: mi experiencia es la siguiente: podés transitar los textos de Medo tarareando partes juegosas, llamativas, armonías luminosas; podés quedarte en una palabra o en un signo, pasar años, décadas, generaciones hasta regresar y seguir; podés desarmar cada poema y construir tu propio código lingüístico para armar una civilización del futuro más eficiente; podés sentarte en el Tren y estar en compañía hasta que al abrir los ojos están escritos tus propios poemas, tan forasteros que preferís ocultarlos. Esos son algunos de los movimientos de la experiencia de leer a MM. Y cuando dije antes “aprendizaje” quise decir sobre todo “aprender a leer creativamente”, o transformadoramente, cosa que se agradece.
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El poema 34 va a resultar interesante para salir y dejarlos seguir viaje:
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La Junta de Vecinos existe en el
WhatsApp agobiada por el dictado de
normas, inviables desde el momento que
fueron clonadas de un software diseñado
según el huso horario de las grandes
ciudades pensando en el reciclado
de basura. No por el bien del planeta, sino por
el ornato, como una imagen
de falsa prosperidad.
No conozco a nadie de la Junta.
Afuera es una dimensión en
ruinas, su fortuita evocación
parece dudar sobre la
posibilidad de asirse a una
ilusión retroactiva antes que el
apocalipsis vuelva a pasar de moda
como una coreografía en defensa propia
ante un presente que interfiere incluso
con los días postreros
en un planeta enfermo de velocidad (…)
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El presente agobiado del WhatsApp se parece a veces al de nuestras mentes. Nadie existe ahí, claro. La Junta Vecinal nos quiere calmos, desleídos y al día con las expensas. De mala gana con el rating, con el rendimiento, con la productividad falsa de un mundo que -lo hemos visto- se queda en la ventanilla. Nada nos deja, nada nos llevamos. ¿Enfermos de velocidad? Tal vez, pero maradonianamente digamos “la poesía no se mancha”. Que sea el único vagón a salvo para jugar y perder sin reprimendas.
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Diego L. García /
Berazategui, Buenos Aires, 1983. Es Profesor en Letras, por la Universidad Nacional de La Plata. Ha publicado libros de poesía, ensayo y traducciones en Argentina, Chile, España y Estados Unidos, entre ellos Fin del enigma (Ediber, 2011), Esa trampa de ver (Añosluz, 2016), Una voz hervida (Jámpster, 2017), Una cuestión de diseño (Barnacle, 2018), (Fotografías) (Zindo & Gafuri, 2018; 2da ed. Liliputienses, 2020), Las calles nevadas (Barnacle, 2020), Siluetas hablando porque sí (Casa Vacía, 2022), El lento hacer. Ensayos sobre imagen y escritura (Casa Vacía, 2023), Unos días afuera (Antología, Pixel, 2023) y Un sábado por la mañana (Pequeña fortuna, 2025). Integra numerosas antologías, entre ellas País imaginario: escrituras y transtextos 1980-1992 (Ay del Seis, 2018). Colabora en diversas revistas de Hispanoamérica y Estados Unidos. Se dedica a la docencia.


