Arnaldo Jiménez
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He leído con suma atención esta obra, artística e histórica en la que su autor logra ensamblar un conjunto datos propios de la histografía nacional y caribeña con una narrativa que casa a la crónica con el ensayo, ya que en la medida en que informa al lector en torno a sucesos y personajes poco estudiados o deliberadamente encubiertos y deformados por el relato oficial, le ofrece una narrativa audaz, rápida y cautivadora que nos impide separarnos de la lectura.
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Aunque mi area de experticia no es la historia, lo que más me ha fascinado de esta es la filosofía o las filosofías que la envuelven y ayudan a la comprensión del ser humano, y de ese misterio que nos permite transitar hacia la muerte, el tiempo; esto también está presente en Welserland, libro que nos da acceso a la insanía mental y espiritual que despliega la ambición, las ansias de poder y al asesino que duerme en nosotros esperando que desde afuera se le despierte; –es asombroso apreciar cómo en este episodio de nuestra historia, los alemanes y españoles, el hombre europeo, expresa todas las acciones de los fascistas, como si un recorte de la historia futura, la de Hitler y Mussolini, regresara quinientos años antes y se implantara en nuestro suelo y poseídos por el mismo ímpetu criminal, convirtieran esta tierra en una extensión de los campos de concentración, de las torturas, de la impiedad y el horror–; amén de los movimientos cíclicos que parecen inherentes a las estructuras políticas y económicas dentro de las cuales el ser humano es simplemente un agente que las pone en marcha en la medida en que es arrastrado por las mismas. Sin embargo, en estas escrituras híbridas, el tiempo es trastocado por Víctor Manuel Pinto, quien, pareciera hacernos un guiño en el que nos dice: así como ayer es hoy; así como es hoy será mañana; hay una esencia que nos es común: el descontrol de la personalidad en aras de obtener los propios beneficios, la traición, la cobardía, los intereses, la valentía y, además, la escritura como meretriz de los amos del poder. En historia, y es lo que Welserland nos dice de manera insistente, los valores son parte integrante de los hechos, imposible tender a la neutralidad, imposible comprender objetivamente.
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Traigo a colación, una corta cita de un ensayo que escribí muchos años antes de leer la obra de Víctor Manuel Pinto, precisamente, porque la repetición de los hechos tiene un núcleo donde sobrevive, el alma humana y, bien sea con la quijada de un buey o con un misil transoceánico, el asesino no se extingue:
Después del descalabro de los pilares metodológicos y epistémicos de la ciencia física mecanicista, la historia universal, en el sentido que le dio la modernidad, se torna más que imposible. La circulación de los diversos tipos de capital a través de las disposiciones bancarias y financieras entre todos los continentes, no es suficiente argumento para afirmar la existencia de principios organizativos que aparejen las disimilitudes de las historias. No hay un destino sino varios en interrelaciones dispares. La totalización y la generalización ya no son esquemas válidos de análisis, no son las formalidades lo que la historia procura, si no la comprensión de campos de hechos, en estos campos sus actores se comportan con grandes probabilidades de indeterminación, velocidades diferentes de actuación histórica dadas por las posiciones económicas, religiosas y políticas. Pero en el caso de que, hipotéticamente, la indeterminación también fuese una forma de determinación incomprensible, el campo de los hechos ha estado inmerso en un flujo temporal que nada más ha comprendido a la conciencia –privilegiada también por la física moderna–, y al pre-consciente, mientras que la participación de lo inconsciente ha sido omitido o poco considerado en los análisis. Y quizás la participación de lo inconsciente consista en establecer los grados de dependencia a lo inevitable en forma de un circuito que establece sus conexiones de la manera menos esperada, pero previsible”.
En este esquema de lo no esperado, pero previsible, se comprende el accionar del ser humano que retrata el libro que nos ocupa; podríamos decir que nuestro país fue testigo de un fascismo anterior.
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En el ser humano, a través de esta obra, se comprende en qué consiste la territorialidad que, si bien es un concepto que nos permite anclar en la tierra, movernos con su peso de gravedad llevado por el afecto, el honor y el orgullo de pertenecer a un territorio determinado, también nos permite quitar las manos del fuego por aquellos que usan esa identidad como un pretexto para asesinar, robar, masacrar, violar y expandir la eterna lucha entre Eros y Tánatos, entre el delirio y la cordura. De la misma manera, cuando el autor utiliza recursos como el libreto de teatro y las alusiones a poetas que existirán siglos después, está rompiendo con la teleología que le imprimió la modernidad a los hechos históricos, lo que la hace cómplice con el historicismo positivista y marxista que conciben al tiempo como una flecha que partió desde el pasado, atraviesa el presente y se dirige al futuro donde nos está esperando la felicidad, el reino de Cristo en la tierra. Welserland nace –no en el campo de la historiografía, sino en el de la literatura– para negar esta posibilidad, llevándonos de la mano hacia los escenarios cotidianos en los que los seres humanos despliegan sus pasiones, sus deseos y miserias, sus modos de evadirse y de encontrarse; esa manía de matar heredada desde los primeros hombres; tales contextos, generalmente, son contradictorios y opuestos a esas aspiraciones de las teorías históricas.
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Obviamente, en Welserlad el autor despliega de manera consciente y controlada el estilo que ya ha mostrado en sus libros anteriores. Incontables son los giros poéticos que en esta obra se encuentran, las estrategias narrativas empleadas que fascinan o nos hace dibujar una sonrisa coautora: “allí marcha con pasos cortos la fila de los tobillos sangrantes”; “la libertad es un hueco en el himno”.
Welserlad despierta nuestro asombro; también nos hace sentir vergüenza; orgullo que pronto se troca en desaliento… Muchas son las emociones que trastoca esta escritura, lo cual es un gran punto a favor de ella ya que, prácticamente, obliga a establecer un vínculo afectivo con el texto, permitiendo alcanzar el nivel más (difícil) humano de la lectura: el emocional. Una película comienza a rodar desde las primeras líneas. Presenciarás los hechos tal como ocurrieron o, mejor dicho, tal como nosotros nos hubiésemos comportado en ellos; verás cómo influyen en el curso de la historia las contradicciones del ser humano; cabalgarás en la correría de la Conquista y de la Colonización; entenderás cómo es que aún los Imperios babean ante nuestras riquezas; comprenderás por qué nos ofenden y humillan a través de sus maquinarias de diversión masiva; sus maquinarias de guerras simuladas o directas.
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Finalmente la poesía. Cuando la fluidez mágica de las primeras páginas, (que me hizo interesar por las minucias de la historia, algo que siempre me ha dado resquemor y rechazo), es rota por los poemas, entramos en una segunda lectura. En Welserlad «la poesía» cumple una función estructural y filosófica. Los poemas son la ruptura por excelencia del orden, y, sobre todo, del orden instaurado por la modernidad (de la cual, la prosa es su representante literario, porque intenta darle coherencia al tiempo, apunta a un sentido, a una finalidad que los poemas destrozan) ellos, los poemas, cuentan y cantan, son transgresores por esencia, por tanto, vuelven al libro un golpe que va directo contra nuestras costumbres y perezas como lectores y seres históricos.
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Arnaldo Jiménez /
La Guaira, 1963; reside en Puerto Cabello desde el 1973. Poeta, narrador y ensayista. Es Licenciado en Educación en la especialidad de Ciencias Sociales por la Universidad de Carabobo. Ha recibido variados galardones por su trabajo literario, entre los que destacan: Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Fantasmas y Aparecidos Clásicos de la Llanura (2002), Premio Nacional de las Artes Mayores (2005),obtuvo dos Premios nacionales del Libro Región Centro Occidental por “El silencio del agua y “La honda superficie de los espejos” (2008), Orden Juan Antonio Segrestaa (2008), Premio Nacional de Poesía Rafael María Baralt (2012), Premio Nacional de Poesía Stefanía Mosca (2013), Premio Nacional de Poesía Bienal Vicente Gerbasi, (2014), Premio Nacional de Poesía Rafael Zárraga (2015). En poesía, ha publicado, entre otros: Zumos (2002). Tramos de lluvia (2007). Caballo de escoba (2011). Salitre (2013). Álbum de mar (2014). Resurrecciones (2015). Truenan alcanfores (2016). Ráfagas de espejos (2016). El color del sol dentro del agua (2021). El gato y la madeja (2021). Álbum de mar (2da edición, 2021. En Ensayo y aforismo: La raíz en las ramas (2007). La honda superficie de los espejos (2007). Breve tratado sobre las linternas (2016). Cáliz de intemperie (2009) Trazos y Borrones (2012). En narrativa: Chismarangá (2005) El nombre del frío, ilustrado por Coralia López Gómez (Editorial Vilatana CB, Cataluña, España, 2007). Orejada (2012). El silencio del mar (2012). El viento y los vasos (2012). La roza de los tiempos (2012). El muñequito aislado y otros cuentos, con ilustraciones de Deisa Tremarias (2015). Clavos y duendes (2016). Maletín de pequeños objetos (Colombia, 2019). La rana y el espejo (Perú. 2020). El Ruido y otros cuentos de misterio (2021). El libro de los volcanes (2021). 20 Juguetes para Emma (2021). Un circo para Sarah (2021). El viento y los vasos (2da edición, 2021). Vuelta en Retorno (Novela, 2021).


